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Kosovo celebra el sábado unas elecciones
que su población afronta desde prismas opuestos: la mayoría
albanesa sueña con ampliar su autonomía, los serbios viven
la cita con temor y recelo. Publicado en:
La Vanguardia, 17 de octubre de 2004
(Versión íntegra antes de ser editada para su publicación)
A seis días de las elecciones, algunos definen la situación como una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento. Ya sucedió el pasado marzo, cuando los rumores sobre la muerte de tres niños albaneses precedió a las revueltas que se saldaron con 19 muertos y la destrucción de 730 casas y 29 templos ortodoxos. Petrit y Valon son dos albaneses, de 31 y 26 años, que acostumbran a tomar café por la tarde. Ambos trabajan en restaurantes familiares, pero no tienen demasiados clientes. Después de que las fábricas de Djakova cerraran tras la guerra, los más de 15.000 parados de su ciudad no pueden permitirse lujos. Propiedad del antiguo régimen comunista, Belgrado bloquea la privatización de las factorías. Desde entonces, las máquinas se oxidan lentamente y los lugareños sienten que no hay nada que celebrar. Por eso, Valon, duerme mucho, "hasta las tres". Por la noche ve películas. Dice que las de guerra le emocionan, le recuerdan su lucha contra los serbios. "La vida es bella", ironiza, y aprovecha para denunciar que no puede ver la tele por culpa de los apagones. "Solemos tener electricidad cuatro horas sí y dos no. A veces, son tres y tres. Lo anuncian, pero no respetan los avisos", añade Valon. Lo mismo sucede con el agua. "Con cortes de hasta 12 horas no hay país que funcione". Una reconstrucción difícilMimoza Kusari, portavoz del primer ministro de Kosovo, Bajram Rexhepi, explica que "gran parte de las donaciones para reconstruir las instalaciones fueron robadas. Una compañía irlandesa se hizo cargo del servicio en junio y esperamos que pronto mejore. Y que la gente abone las facturas, ahora no lo hace". Los usuarios alegan que con sueldos entre los 180 y los 300 euros poco pueden pagar. No obstante, hay quien hace grandes negocios en Kosovo. Desde hace tiempo proliferan los hoteles de carretera de fachadas imponentes. La explicación: su doble uso. Más incomprensible resultan las gasolineras, que se suceden cada pocos kilómetros. Las primeras estaciones de servicio funcionaron bien y muchos decidieron copiar la iniciativa, algunos para blanquear dinero. "Es dinero estancado", se queja Mihane Salihu, una cooperante de 31 años. "Nuestro problema es que no producimos nada, todo lo importamos". La misma opinión tiene Veton Surroi, ex director del diario Koha Ditore y candidato a las elecciones por el partido ORA. "Lo de las gasolineras es una estupidez debida a la falta de un plan de desarrollo. El Gobierno no ha sabido establecer qué debe hacerse y qué no. El resultado: un 90% de importaciones y un 3% de exportaciones". 'Unmikistán'Surroi acaba de visitar a unos fabricantes de goma que antes vendían a España sin problemas. "Ahora tienen muchas dificultades, como todos los exportadores". Otro ejemplo son los productores de vino. "Les exigen una denominación de origen -prosigue Surroi- y pocos países reconocen este lugar. En las etiquetas no podemos poner 'producido en Unmikistán'". Los reproches a la Unmik (Misión de la ONU en Kosovo) son constantes en esta región, de tamaño similar al de la provincia de Zamora. Según Surroi, se trata de "un aparato burocrático que desde hace tres años se inventa cosas para quedarse en Kosovo". Kusari, la portavoz del Gobierno, también piensa que la ONU no ha sabido redefinir su papel en la región. No obstante, el actual representante del Secretario General, Soren Jessen Petersen, "es visto con buenos ojos", afirma Kusari. Desde que llegó a Pristina el pasado agosto, Petersen se ha declarado dispuesto a otorgar más poder a las instituciones locales. Su posición provoca la reacción contraria entre los 80.000 serbios que viven en Kosovo. Aislados en enclaves custodiados por las tropas de la OTAN (la misión KFOR), piden más protección. Muchos de ellos apenas si se atreven a salir de sus residencias. En Pristina la situación es especialmente difícil. Antes de 1999, vivían en la capital kosovar 40.000 serbios. Ahora quedan apenas un centenar, una treintena de ellos en unos céntricos bloques que fueron atacados en marzo. Desde entonces, una tanqueta de soldados suecos vigila el lugar. "Sirven de poco", se queja uno de los vecinos, que oculta su nombre por temor a represalias. "Ahora nos echan de una manera más sutil, van comprando nuestras casas", explica. A medida que los edificios y los pueblos tradicionalmente serbios se llenan de albaneses, los eslavos se van a otros lugares. "Resulta imposible convivir, y ellos lo saben", añade este profesor de 48 años, cuyo coche tiene dos matrículas. Utiliza la serbia cuando traspasa los límites del protectorado. La nueva, propia de Kosovo, la coloca para ir a trabajar a un pueblo cercano sin llamar la atención. Víctor Pérez, coordinador del dispositivo de seguridad de la OSCE para las elecciones, considera que los serbios exageran al hablar de inseguridad. Esta fue la "excusa" para que su primer ministro, Vojislav Kostunica, llamara al boicot a las elecciones. Por el contrario, el presidente de Serbia, Boris Tadic, ha pedido a los serbios que participen en los comicios. No parece que demasiados vayan a hacerlo. En cualquier caso, por ser una minoría, tienen asegurados diez de los 120 escaños del Parlamento regional. Entre el miedo y el odioSegún Pérez, "el miedo es humano y muy respetable, pero hay todo tipo de medidas operativas y legales para evitar incidentes". La OSCE cuenta con equipos móviles que facilitarán el voto a las minorías que no puedan desplazarse. "Es cierto que hay guetos y lugares como los enclaves del norte donde los odios son enormes", admite. Muchos creen que si no fuese por los 18.000 soldados extranjeros establecidos en Kosovo, el conflicto resurgiría. La mayoría de los serbios detesta a la KFOR y sueña con la vuelta de su ejército a la todavía provincia serbia, tal como está establecido en los tratados de paz. Los albaneses, en cambio, desean la permanencia de la OTAN y dicen sentirse agradecidos por haber detenido las masacres de Milosevic. La adoración por las tropas extranjeras aumenta cuando se refiere a las estadounidenses. "Ellos nos liberaron", repiten sin cesar quienes han bautizado un gran avenida con el nombre de Bill Clinton. Camp BondsteelCuando se les pregunta sobre Camp Bondsteel, la base militar estadounidense más grande construida después de la guerra de Vietnam, muchos sonríen. "Es como una ciudad aparte", dice Adem, un economista de 39 años. También los responsables de Bondsteel la definen así, y se enorgullecen de la autosuficiencia conseguida dentro de sus 360.000 metros cuadrados. Tal como explica la sargento Mary Hahn, Bondsteel puede producir su propia electricidad y procesa más de dos millones de litros de agua por día. El helipuerto y el sistema de telecomunicaciones también son punteros. "No me importa que se queden para siempre en Bondsteel. Mejor eso que los serbios. Nunca volveremos a vivir bajo su dominio", asegura Agim, un albanés 38 años que recuerda la década de apartheid previa a la guerra. Para él, las elecciones no son tan importantes como la cita del 2005, cuando se decidirá el estatus definitivo para Kosovo. "Aquí todos los partidos hablan de independencia. No distinguimos entre izquierda y derecha. Ahora el camino es recto. No podemos desviarnos", argumenta Agim. Las encuestas preelectorales estiman que la mayoría piensa como él. Los partidos con más opciones son los que actualmente ostentan el poder: el LDK del presidente Rugova y el PDK del primer ministro, Rexhepi, y de Hashim Taci, el antiguo líder del UCK (Ejército de Liberación de Kosovo). Al ser preguntados por la situación de los serbios en un Kosovo independiente, la mayoría de los albaneses responde que podrán volver si aceptan "la nueva situación" y aprenden albanés. "Deben pensar por ellos mismos y no a través de Belgrado. También son kosovares y tienen derechos", asegura Xheraldina Pulja. Esta diseñadora añora a una amiga suya serbia que no ha vuelto a Pristina desde que acabó la guerra. "Me telefoneó hace poco, dijo que quería venir a verme. Le pregunté si sabía inglés para poder salir a tomar café tranquilamente". Ellas siempre hablan en serbio, pero este idioma no es bienvenido en Pristina, resulta peligroso. Xheraldina domina ambas lenguas, pero su amiga jamás aprendió albanés. Ahora, con la región bajo los auspicios de la ONU, no queda un solo cartel en alfabeto cirílico en la capital de Kosovo.
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