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MADRID EN LA MEMORIA
Publicado en: La
Vanguardia Magazine, 26 de diciembre de 2004
Algunas mañanas, al pasar por la estación de El Pozo, Eduardo duda. Le resulta difícil creer que allí murieron decenas de personas hace apenas nueve meses. Este ingeniero de 34 años compara los escenarios del 11-M con los del 11-S neoyorquino y concluye que las sensaciones que producen son muy distintas.En la Zona 0 hay un vacío muy grande. Faltan dos torres, dos edificios gigantescos, dos símbolos. La herida está ahí, a la vista de todos. En Madrid, aparentemente no falta nada. Todo lo material pudo reemplazarse rápidamente. El vacío que han dejado las 191 víctimas y el dolor de los heridos no se advierte fácilmente. "Es duro decirlo, pero sólo se acuerdan de lo que pasó aquellos a los que les tocó directamente. En la ciudad todos vamos demasiado deprisa y las cosas se desvanecen", admite Luisa Carlavilla, de 69 años. "Pero estoy segura de que si hiciese falta ayuda para algo concreto acudiríamos corriendo". Francisco, su marido, coincide con ella: "Madrid sufrió muchísimo aquellos días, pero después ya no se ha recordado más. Yo estoy jubilado y tengo tiempo para observar a la gente y veo que todos van a su quehacer y nadie habla del 11-M. Pero es lógico, la vida ya te agobia demasiado. A las víctimas había que atenderlas y que enterrarlas. Y ahora lo que hay que hacer es dejarlas en paz. Los periodistas, la televisión y los políticos son los únicos que se empeñan en recordar el 11-M constantemente". PolitizaciónLa politización del 11-M ha saturado a muchos madrileños. Mike Chelton, un ejecutivo de 34 años, casado y con dos hijos, asegura que el tema se ha radicalizado tanto que muchos de sus conocidos "han optado por pactar una tregua política entre los amigos con el fin de no crispar las situaciones. En las cenas ya no se habla de política más que cuando todos son afines a uno u otro bando". Según Mike, esa tremenda politización explica parte del "relativo" olvido, pero también hay otro factor decisivo: "Y es que ya empezamos a tener callo en esto del miedo". Hay gente, como Ana Jiménez, que conoce a una víctima del 11-M y a otra de ETA, ambas con secuelas. "Oí desde mi casa la bomba contra Aznar y el atentado de la calle Torrelaguna casi se lleva por delante a mi madre y destrozó el barrio donde ha transcurrido buena parte de mi vida. Creo que muchos madrileños pueden contar historias similares", asegura. Los neoyorquinos, no. Esa es otra de las grandes diferencias a la hora de entender las distintas reacciones entre los habitantes de una y otra ciudad. Tras estudiar el estrés post-traumático en Madrid, la socióloga Ángeles Rubio, autora de El azar como destino: de la sociedad del juego al miedo (Comte d'Aure), concluye que "la ciudad ha seguido las fases propias del duelo de forma precipitada a tenor de los acontecimientos inmediatos tras el 11-M". Los madrileños han vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo. Han pasado de la fase de negación y de no querer creer lo que les había sucedido a la de sentirse culpables por sobrevivir. Inmediatamente después vino la fase de enojo y aislamiento. Las manifestaciones del 13-M, las elecciones... Después, la Boda Real, un acontecimiento que procuró convertirse en una especie de "fase de cicatrización y renovación". OlvidosRubio detecta un "sentimiento general de que las cosas se han olvidado
muy pronto, lo que a su vez consigue que todos los madrileños nos
sintamos víctimas de nuevo. Ha faltado un liderazgo que aunase
el sentimiento colectivo de reconstrucción como el del alcalde
Rudolf Giuliani, quien convenció a los neoyorquinos de que la ciudad
resurgiría tras la catástrofe. Por otro lado, aquí
no se ha producido un sentimiento patriótico unánime sino
la confrontación de opiniones a raíz de las elecciones generales.
También han faltado los actos colectivos de reconocimiento y solidaridad
con las víctimas". Por todo ello, Rubio concluye que lo que al principio se consideró "un motivo para unirnos más y para la promoción de la comunicación que terminase con los conflictos, ha acabado convirtiéndose en un sentimiento colectivo de cierto enojo más que de cicatrización y renovación". Pese a todo, los madrileños dicen no sentirse enfadados excepto con los políticos y los medios de comunicación. Cuando se les pregunta niegan en su mayoría que haya aumentado el racismo o el temor a la comunidad musulmana. "No creo que la gente haya cambiado", opina Alicia Carro, periodista de 23 años y vecina del sur de Madrid. "Quizá se ha andado un poco más en el camino de desconfianza que se inició hace unos años con la llegada masiva de inmigrantes y el aumento del sensacionalismo en televisión". Simplemente, después del 11-M "el racismo se está acentuando y se hace más explícito". Mike cree que esa actitud es más preocupante de lo que parece: "Desde lo de Leganés cualquier grupo de magrebíes que viva en una casa es un foco de integrismo islámico para los vecinos. Existe un "racismo de baja intensidad" que se ha convertido en algo cotidiano". Como muchos de sus vecinos, Pilar Pascual, de 32 años, admite que tras los atentados se ha sorprendido alguna vez pensando qué tendría en la cabeza un magrebí que pasaba por su lado. "Y es algo que me da una rabia tremenda, porque sé que somos exactamente iguales y tenemos los mismos derechos. Yo puedo racionalizarlo, pero hay gente más manipulable. En el fondo creo que es más clasismo que racismo, porque con Mohamed, mi compañero de trabajo, ni me lo he planteado". Pequeñas medidasPilar coge el autobús a las ocho de la mañana. "A esa hora suelo ser la única viajera española. Algunas mañanas observo la gente a mi alrededor y pienso "Mira quiénes somos, los mismos "pringaos" de siempre. Esta es la gente que a la que mataron"". En El Pozo conocen bien esa sensación. La funcionaria Ana Sacristán iba en uno de los trenes que explotaron en Atocha. A ella no le pasó nada, pero ha tardado meses en poder conciliar el sueño con normalidad. Desde aquel jueves de marzo no ha vuelto a subir al tren: "Voy en coche y eso se nota a final de mes, porque la gasolina está muy cara". Cuando no ha podido evitar coger el metro se ha llevado un libro y ha intentado concentrarse en él para no pensar. Muchos madrileños han adoptado pequeñas medidas casi inconscientemente. A diferencia de Nueva York, en esta ciudad no hay alarmas amarillas, naranjas y rojas. Quizá por ello, cuando se les pregunta si se han vuelto más precavidos contestan que no. Poco después, algunos comentan un detalle. Nacho, por ejemplo, se sienta al final del vagón del metro porque cree que es más seguro. Carmen ha dejado de coger transporte público los días 11 de cada mes. Y Santiago recuerda que este verano llamó por primera vez al 010 cuando vio una mochila en la calle. Los ruidos en el tren también son motivo de sobresalto. Hace unos días unos niños arrojaron una piedra grande contra el tren que va a Guadalajara. La reacción de los pasajeros resultaría incomprensible en cualquier otro lugar. Algo después, quienes bajaron en Alcalá de Henares pudieron comprobar que sus calles están llenas de gente con ganas de superar la tragedia. "Estamos mejor", asegura el camarero de una céntrica pastelería de la ciudad. "Preparando el año Cervantes. Estamos mejor", repite con una sonrisa y se va rápidamente. No hay mucho más que decir. Algo parecido comentan los amigos que cada domingo se reúnen para tomar botellines en un bar de Entrevías. "Estamos bien", comenta "El Chino". "Hace unos meses el sueldo sólo me alcanzaba hasta el día 3 y este mes he llegado al 20". De los atentados, mejor no hablar. No se puede hacer nada, son imprevisibles, dicen. "Quien no tiene más remedio que coger transporte público lo hace y punto. Es mejor olvidar, ya tenemos demasiados problemas. A mí lo que me preocupa es que el otro día fui a urgencias y no había ni una silla de ruedas para mi suegra", explica Jesús. Con su sueldo tendrá que hacer piruetas para comprar los Reyes. "Cada cual tiene su historia en la cabeza", concluye Manolo, "El otro día, por ejemplo, se mató un chico del barrio con la moto. Pero la vida sigue". |