Febrero 11, 2004
Activismo y derechos humanos
Mujeres
Leí hace un par de años que Finlandia era el país en que más mujeres morían a manos de sus parejas. No hacía demasiado que había vuelto de visitar el Círculo Polar Ártico, viajando sola con una mochila en temporada baja, y me alegré de no conocer la estadística hasta estar ya de vuelta en mi cálido Mediterráneo. No sé si de haberlo sabido, hubiera podido dormir tranquila en aquellos albergues donde sólo estábamos mis ecos y yo.
No volví a pensar en aquellas incomprensibles cifras. Pero después de muchos telediarios echo de menos el análisis que las acompañaba. Aquí, y con perdón, las muertes por violencia de género tienen el mismo tratamiento que durante una época se le dio a los perros entrenados para morder a cualquier bicho viviente.
Recuerdo que por las fechas de aquella siniestra moda, fui un día a un plató de Tele5 y allí oí comentar a dos redactores lo difícil que les estaba resultando hallar nuevos casos. Había “demanda de la audiencia” y las redacciones andaban locas buscando pitbulls asesinos en la España profunda. Sucesos. Historias que se explican con dos escenas recreadas y cuatro frases hechas. Y al final una gran masa de gente atemorizada ante un simple caniche.
Ahora son las mujeres maltratadas. Las hay a todas horas. Mis horarios descontrolados me permiten zapear entre ellas desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche. Se salpican de pseudofamosas que confiesan lo mal que lo han pasado y lo bien que lo han disimulado.
En los últimos tiempos me estaba inmunizando. Confieso que creía que el problema estaba siendo sobredimensionado. Pero me equivocaba, no era eso. Lo que provocaba mi rechazo era el vacío que sigue a este tipo de noticias, su sistemática banalización. A estas alturas casi todos los españoles se han acostumbrado a escuchar dos veces por semana que una mujer ha sido asesinada por su pareja. Pura matemática: el año pasado murieron 97.
Entre todos esos presentadores con cejas compasivas que dejan escapar ruidosos suspiros tras el silencio de las víctimas -vaya alguien a olvidarse que lo realmente importante de una entrevista es el entrevistador-, no escucho a nadie que me explique el motivo. Ni siquiera que se lo pregunte. ¿Qué está pasando? ¿Qué ocurrió en Finlandia? ¿Es esto terrorismo de género, como dicen las asociaciones de mujeres? ¿Por qué jamás escuché en TV las palabras misoginia o patriarcado? ¿Existe una solución mejor que darle 300 € mensuales a alguien que apenas si tiene tiempo para hacer las maletas antes de salir corriendo escaleras abajo?
Hay cosas que no entiendo. El salario mínimo interprofesional es de 460,50 € mensuales. A los emigrantes que solicitan el visado de estudiante se les pide que justifiquen una media de 900 € mensuales para concedérselo, "porque ése es el mínimo para subsistir en España". En cambio, a una mujer con uno, dos o tres hijos, se le ofrecen 300 para sobrevivir durante los primeros meses.
“Lo que no se habla, se borra; lo que no se habla, se borra”, repiten sin cesar los protagonistas de La vida que te espera. Le he dado vueltas a la frase desde que la escuché ayer por la noche. No me la creo.
Pero, en cualquier caso, hay que hablar. De verdad. Más allá de las modas, más allá de la hipocresía, más allá del sensacionalismo. Hay mucho dolor detrás de estas historias. En las de ellas y en las de ellos. Y el dolor no se explica con cifras. No funciona por grados, como las quemaduras. Y, se hable o no, dicen que nunca se borra del todo.
Como el miedo. Y ése lo hemos sentido alguna vez todas. Desde que somos niñas nos educan para tenerlo. A menudo he pensado en lo mucho que me gustaría ser un hombre alguna madrugada de éstas para pasear tranquilamente por las calles más solas de Barcelona, por las que tienen más portales vacíos y menos ventanas encendidas. Porque tal vez una las recorra sin mayores problemas, pero no nos engañemos: a partir de cierta hora sus pasos serán más ligeros, se girará ante el menor ruido, recordará aquella vez en que tuvo que salir corriendo en el metro...
Prácticamente todas tenemos algún susto que contar. Quizás por ello sea tan difícil llevar vida de calavera siendo hembra. Y creo yo que el mismo esqueleto tenemos, porque lo de la costilla de menos era un cuento para acomplejar a las niñas malas, ¿no? Y, pese a saberlo, cuántas de nosotras no nos habremos repasado la espalda buscando la famosa tara de confección...
Para reflexionar sobre el tema, es recomendable echarle un vistazo a los artículos publicado en zmag: http://www.zmag.org/genderwatch/genderwatch.htm
Publicado por magda Febrero 11, 2004 02:27 AM


