Febrero 23, 2004
Activismo y derechos humanos
Un silencio violento
Siento no tener demasiado tiempo para escribir, pero intentaré resumir algo que ha sucedido esta mañana en el tren.
Estaba bastante lleno, quedaban pocos asientos libres. Al salir de Barcelona-Sants hemos empezado a oír la conversación por móvil de un tipo de treinta y tantos años que estaba de pie en la plataforma, junto a las puertas de entrada. Lo suyo no eran gritos, pero hablaba tan fuerte que era imposible no escucharle. Le estaba explicando a alguien lo que “le había hecho esa hija de puta, esa cabrona”.
Al parecer ayer hizo más de seiscientos kilómetros para ver a su hijo, pero la “pajarraca” de su ex mujer no le dejó quedar con él y tuvo que pasarse la tarde escondido viendo cómo el niño jugaba con su nuevo compañero.
Su voz sonaba cada vez más alterada, pero desde los asientos no podíamos verle la cara. Los pasajeros sólo nos veíamos las nuestras, no sabíamos qué hacer. Un hombre de unos cincuenta años se levantó y cambió de vagón. Las mujeres nos mirábamos sin hablar. Poco después, otro hombre imitó al primero.
Nadie hablaba.
Sólo el tipo del móvil.
Se calmó por un momento para pedir perdón a la persona con la que charlaba, alguien de un ayuntamiento. Dijo que le llamaba a él porque ella no le cogía el teléfono y sabía que estaba ahí, en ese mismo ayuntamiento, y así “la jodía”. Le pedía perdón a su compañero de trabajo, pero “es que tenía que hablar”:
- Porque esa hija de puta se ha librado esta vez, pero ya sé qué tengo que hacer la próxima.
Se quejaba de que llevaba cuatro calmantes en el cuerpo y aun así no se sentía mejor, no podía soportar no jugar con su niño y encima verlo con “el camionero que ahora le hace de padre”. “Esa hija de puta me está quitando la vida, pero yo sé lo que tengo que hacer y te juro que lo voy a hacer. Yo la mato, me está pidiendo que la mate”. Decía que la orden de alejamiento no iba a servir para nada.
En el vagón nadie ha hecho nada. ¿Qué se podía hacer? No era una pelea en la que se puede intervenir y separar a las partes. Era, simplemente, una de las conversaciones más incómodas que se pueden escuchar.
El tipo del móvil estaba a punto de desmayarse, eso dijo a quien le escuchaba al otro lado de la línea. Prefería colgar. Sin darse cuenta de que más de treinta personas habían escuchado toda su conversación, bajó las escaleras de la plataforma y buscó asiento.
Admito que no imaginé ni por un momento que vistiera traje-chaqueta y corbata. Tenía el pelo de los ejecutivos que se dejan greñas. Pero las tenía revueltas, la cara desencajada y encendida, con la expresión de alguien que acaba de vivir algo terrible. No nos veía, creo que no podía ver absolutamente nada.
Se bajó pronto, en la primera parada. Y nadie, absolutamente, nadie, hizo ningún comentario como ocurre otras veces cuando sucede algo extraño en un tren.
Creo que la mayoría de los pasajeros hablaremos hoy de ese hombre, con el que quizá hemos coincidido muchas veces sin reparar en su elegante corbata.
Ver la película Te doy mis ojos nos revuelve las entrañas, pero ver con nuestro propios ojos a su protagonista encarnado en un tipo tan normal y cercano nos ha hecho sentir violentos. Nuestro silencio lo era. Y ahora entiendo más que nunca el significado de este adjetivo. No es un juego de palabras.
Al bajarme de la estación, he llamado a un par de amigos para pedirles su opinión. Durante la conversación, el tipo dijo el nombre del pueblo donde había estado este fin de semana. Pensé en llamar a ese ayuntamiento y decir que había visto a un tipo que estaba premeditando "vengarse" de su ex mujer, alguien fuera de sí que necesita tratamiento urgente. Pero antes he querido consultárselo a Julia García, quien me ayudó a contactar con gente para un reportaje sobre mujeres maltratadas. Ella es la coordinadora el Plan de Lucha contra la violencia hacia las mujeres de Fuenlabrada. Este municipio tiene 190.000 habitantes y en el año 2003 han tenido 222 nuevos casos de violencia.
Julia intentará contactar con alguien de servicios sociales de ese ayuntamiento, tal vez se le pueda asignar un servicio de 24 horas a esa mujer. En cualquier caso, dice que siempre debemos denunciar, que estas situaciones son sólo la punta del iceberg. Algo está pasando y no estamos haciendo lo suficiente. Lo leía hoy en el artículo de Suso de Toro en La Vanguardia también en una carta de los lectores de El País. Las feministas hace tiempo que lo llaman por su nombre: terrorismo machista.:
Guerra a la mujer
LA VANGUARDIA
SUSO DE TORO - 02:47 horas - 23/02/2004(...) Y nuestro nacionalismo masculino está infligiendo muchas bajas a su enemigo, las mujeres. No todos los hombres son iguales, no crean, y no todos comparten el entusiasmo fanático de los que se lanzan a la acción, los más decididos, que, considerando que son todas putas y que además están para eso, las acosan, las amenazan, las atacan y las matan. No todos los hombres somos asesinos, en principio. Aunque es cierto que esta ola de asesinatos desencadenada contra las mujeres tiene un aspecto personal, individual, y un aspecto colectivo e ideológico. Los mujericidas son nuestros terroristas del machismo, una forma de nacionalismo bien detestable.
Aunque, como suele ocurrir, para que alguien pase a la acción, los más exaltados, los más despiadados, tiene que existir previamente toda una justificación ideológica, todo un discurso con base en la sociedad. Y el nacionalismo machista viene de bien lejos por estos pagos, pero tiene una sólida base en nuestra historia reciente, en la formación de los que estamos aquí, deseando y odiando a las mujeres, y si no, lean los textos con que fuimos formados generaciones y generaciones de españoles, lean todo el machismo que nos ha impartido la Iglesia católica española, dueña por fuerza de nuestras mentes y almas tantos años. O si no quieren leer, escuchen a los obispos, que tienen sus buenas ideas sobre el lugar de la mujer en la vida y en la sociedad. Por ejemplo, que si se estuviesen quietecitas como antes en casa, una pata o dos un poco quebradas, pues no pasaba esto. O sea, que si no quieren que haya tanto maltrato y tanto asesinato de mujeres, pues ya saben, que se queden en casita. No, no hay mujeres entre los obispos.
(...) Las ideologías son un virus, bueno o malo, que se expande invisiblemente entre las personas. Antes de cada asesinato de una mujer, de cada atentado terrorista en esta guerra contra las mujeres, hay un hombre que teoriza, que acusa, que señala, y posteriormente vienen los que justifican. Y punto.
Uno no entiende cómo este terrorismo no es un tema central de la campaña electoral. A lo mejor será que no da votos.
¿Violencia de qué género?
Pilar Enterría
EL PAÍS | Opinión - 23-02-2004
En el convencimiento de que su periódico no tiene particular interés en contribuir al deterioro del castellano, le escribo para objetar al uso de la expresión violencia de género.El conocimiento de la lengua inglesa no es obligatorio de momento, pero el del castellano debería serlo, al menos para quienes se denominan castellanoparlantes. Traducir gender" por "género" revela una interesante ignorancia de ambos idiomas.
En inglés la palabra "gender" se usa inequívocamente para decir "sexo" (Oxford Dictionary), ya que el inglés conserva la palabra latina "genus" para indicar "género". Por tanto expresiones como "gender issue" o "gender related violence" son claras en referirse a hechos que tienen su origen en la división en sexos de la población.
No es así en castellano, donde "género" es sinónimo de "clase", "especie", "tipo"... (M. Moliner), como ilustran expresiones tal que "ser del género tonto".
Los angloparlantes han tomado de nuestra lengua el término "machism" (o directamente "machismo") para referirse precisamente a la conducta posesiva y despótica de ciertos hombres con las mujeres. ¿Por qué no llamar "violencia machista" a la agresión derivada de esa conducta? También "violencia doméstica" (que su periódico ya usa) resulta más aceptable.
No creo necesario que para favorecer la carrera de algunas feministas sea preciso torturar y desvirtuar nuestro idioma; seguramente ellas cuentan con otros medios de autopromoción.
Publicado por magda Febrero 23, 2004 04:20 PM
¿Con chaqueta y corbata, dices? Sí, definitivamente sería de los malos. Y si si exmujer viola la ley no dejándole ver a su hijo "por algo será". Ayyyy
Enviado por: José Carlos Rodríguez en Febrero 25, 2004 04:37 AMLa violencia domestica es algo despreciable y solo es sacado en los medios informativos cuando su desenlace es mortal... Pero quiero ir más allá: quiero que se sepa que como hombre y buen conocer de mi especie sé que hombres chulos y violentos hay y SIEMPRE habrán. Y NUNCA CAMBIARAN. No os esforcéis. En la delincuencia pasa lo mismo: la reinserción no va a convertir a un violador en un padre ejemplar. Pero muchas mujeres se sienten atraídas por ese tipo de personas que parecen tan fuertes y "tan seguras" de si mismas, capaces de imponer respeto e incluso miedo a otros, preferiblemente tímidos y pacíficos. Esto se nota MUCHO en la adolescencia coincidiendo con la falta de madurez de la mujer (mucho más de lo que puedan creer los padres).
¿Que se pueden hacer, entonces, las mujeres? MARGINARLOS. No demandar ni elegir ese tipo de hombres. Os aseguro que su "fabricación" descendería considerablemente... pero claro, le toca mover ficha a la mujer y admitir responsabilidades no le gusta a nadie.
Si metes un tiburón en tu piscina no esperes nadar con tranquilidad. ELIGE BIEN con quien te relacionas. Una relación no comienza con palizas ni intentos de homicidio, ni ordenes de alejamiento... Empiezan con insultos y algún guantazo (como mucho). Si se deja pasar el tiempo y encima se casan y tienen hijos... Eso es cavar la tumba.
Una mujer INTELIGENTE y MADURA es aquella que ELIGE a un hombre que la respeta.


