Abril 02, 2004

Desclasificados
Madrid I Parte

Ya están constituidas las mesas del Congreso y del Senado. Se ve a bastante gente ilusionada y a bastante que no lo está en absoluto. Me dan miedo los rifirrafes que vendrán y en cuanto empiecen a ser redactados los nuevos Estatutos esto va a ser tremendo, así que creo que pronto volveré a los post bilingües y al curso catalán-castellano. No vayamos a apurar demasiado, que “la crispación” es como la gripe y siempre nos pilla mal vacunados.

No he escrito apenas nada sobre los días que pasé en Madrid después del 11-M. Mi principal trabajo allí consistía en reconstruir junto a otros compañeros de La Vanguardia las biografías de los fallecidos en los atentados. Cuando me lo propusieron, no lo vi nada claro. Me daba muchísimo apuro poder molestar a algún familiar.

Después llegué a la conclusión de que se podía hacer consultando otras fuentes y que, además, debía intentarse, porque muchos de los que tuvieron que enterrar a sus seres queridos no tenían para pagarse la esquela. Y sus muertos debían ser algo más que una cifra. Qué odiosas son las malditas cifras.

Durante estos días tuve más de una sorpresa. A veces, cuando hablaba con el primo o el compañero de trabajo de alguna víctima, me encontraba con que era un familiar directo el que me buscaba para explicarse, incluso para desahogarse. Recuerdo una conversación preciosa con el marido de una mujer joven que murió en Atocha. Me invitó a su casa porque quería hablar con tranquilidad y contarme cómo era su mujer, darme todos los detalles por si acaso alguien que dijera “entender” lo sucedido se daba cuenta de que detrás de los muertos hay una historia. También detrás de los que tienen que sobrevivirles.

Hablamos del instinto de vida, que es mucho más poderoso que el de supervivencia. Recuerdo a Federico Luppi hablando de él en la gran pantalla el año pasado. ¿Cuándo perdemos esa fuerza? ¿Cuándo le añadimos ese triste “super” y desplazamos la “vivencia” a un segundo plano?

Aquel hombre y yo estuvimos conversando más de hora y media. La mayor parte del tiempo hablamos de amor y de las personas que se te instalan dentro y ya no se van. A veces se ama de veras.

Él hablaba con una serenidad y una lógica que siguen poniéndome los pelos de punta. Le daba miedo que esos recursos suyos pudiesen convertirse en una trampa y pensaba acudir a un terapeuta, “para que le guiase”.
No olvido su sonrisa triste.
La vi, muy parecida, en alguien que conocí en Palestina.
Esas sonrisas tristes siempre me hacen llorar.
Duran más que las normales.
No son un estirar labios, encoger labios.
Tardan más en dibujarse y mucho más en desvanecerse.

Publicado por magda Abril 2, 2004 11:07 AM | TrackBack

Comentarios

Creo que esa gente está pidiendo ayuda a gritos.

A mí, cuando supe del encargo que le hicieron a un amigo desde un periódico gratuito que se reparte en el metro de Madrid -y otras ciudades españolas- sobre contar las vidas de todos los fallecidos, me dio la impresión de que iba a resultar grotesco; por no decir amarillista... morboso incluso.

Luego vi que la cosa no iba por ahí, y que los familiares necesitaban ver su historia relatada en los periódicos para asimilarla mejor.

Las impresiones de este periodista, con relación al contacto con los familiares, son parecidas a las que cuentas -al menos, eso me parece a mí-.

Magnífica bitácora, por cierto.

Enviado por: Bambolia en Abril 7, 2004 02:30 PM