Mayo 06, 2004

Literatura
"Maldición y olvido"

El periodista Antonio Baños escribe hoy en La croqueta, su sección en el renovado suplemento Libros/Llibres de El Periódico, que "El genocidio de Ruanda cotiza menos que los muertos de Irak y del 11-S":

Hace unas semanas Jon Sistiaga, compañero en Tele 5 del fallecido José Couso, presentó su libro Ninguna guerra se parece a otra (Plaza & Janés). La Casa del Llibre estaba a reventar. Andreu Buenafuente presentó el acto (...).

El pasado jueves, otro corresponsal de guerra presentaba libro. Jean Hatzfeld trajo su impresionante Una temprada de machetes (Anagrama), sobre el genocidio de Ruanda. Si alguien quiere saber cómo son las llamadas guerras olvidadas, no hace falta que viaje al Congo ni a Afganistán. Con haber pasado por el Institut Francès, hubiese percibido la desolación que arrastra consigo la maldición de un conflicto olviado. De las 300 butacas del auditorio sólo 15 estaban silenciosamente ocupadas. Al fin y al cabo, lo de Ruanda pasó hace una eternidad. Tanto, que los libreros dudan si poner el libro en el estante de historia. Y pasó muy lejos, casi en la sección de viajes, donde todo son tribus imposibles de distinguir (¿quiénes eran los malos?: ¿los hutus, los tutsis o los watusis?). Y pasó sin que el petróleo subiera, los diamantes bajaran o algún blanco muriera.

Hace unos días, Ima Sanchís entrevistaba a Hatzfeld en La Contra de La Vanguardia. También su titular resultaba impactante: “Cuanto más rajábamos, más inocente parecía rajar”. Pero hay otra frase que me ha impactado aún más: "En el genocidio de Ruanda, igual que en Camboya o en la Alemania nazi, los intelectuales no se distinguen de los campesinos. “La cultura hace al hombre más eficaz pero no lo hace mejor. Si el corazón del hombre desborda odio, el intelectual se mostrará aún más malvado”, me dijo mi intérprete. La cultura no protege de la barbarie. Lo vimos entre los dirigentes de campos de exterminio que tenían la sensibilidad de apreciar a Chopin y de enseñar latín y griego a sus niños".

A continuación, se reproducen algunos fragmentos.

IMA SANCHÍS - 03/05/2004.

Entrevista a Jean Hatzfeld

Entre abril y mayo de 1994, vecinos hutus asesinaron a machetazos a alrededor de 50.000 tutsis, de una población de unos 59.000, en la comuna de Nyamata, en Ruanda. Durante dos años me entrevisté con una banda de once genocidas.

¿Ha comprendido que un campesino mate sistemáticamente a sus vecinos?
Es imposible de comprender. Yo hago una distinción radical entre guerra y genocidio. Por muy condenable que sea la guerra, siempre hay motivos. Pero el genocidio es un exterminio. Una parte de la población quiere acabar con la otra.

¿Todos los genocidios se parecen?
Sí. Suceden al año de haber comenzado la guerra, porque se crea un estado de supresión de los derechos. Hay muchos paralelismos entre el genocidio judío y el tutsi. En ambos casos hay un líder con un discurso claro.

“Los tutsis están de más en la sociedad.
Lo mismo dijo Hitler respecto a los judíos. Los discursos se apoyan en puntos comunes y en ambos casos la población que fue exterminada vivía mezclada y en armonía con el resto de la población.

“Hasta cierto punto se me olvidaba que estaba matando personas vivas.”
Eso es lo que dijo Alphonse, campesino y padre de familia. Poco a poco los líderes hutus, utilizando los medios de comunicación, tal como ocurrió en Alemania, fueron creando un clima de desprecio hacia los tutsis que los excluía de la sociedad: no podían formar parte de la policía, ni ser funcionarios.

De la actitud de los asesinos, ¿qué es lo que más le ha sorprendido?
Varias cosas. La primera, que fueran gente completamente ordinaria y normal. La segunda es que se tomaran el hecho de matar como un trabajo, con absoluta normalidad. Empezaban a las nueve de la mañana y terminaban a las seis de la tarde, se lavaban la sangre y jugaban alegremente con sus hijos.

“Cuanto más rajábamos, más inocente nos parecía rajar” (Fulgence)
Estaban persuadidos de que había un trabajo que hacer: eliminar a un millón y medio de tutsis. Unos trabajaban con entusiasmo, otros en grupo, a otros les daba pereza. Cuando terminaban la jornada iban a recibir su salario y luego se encontraban en el bar. Eso es lo que sorprende: que no han matado como guerrilleros, sino como trabajadores.

(...)
¿Y todavía tiene fe en el ser humano?
Sí. Llevo 30 años viviendo guerras y siempre he visto esperanza. El genocidio me ha traumatizado, es el mal absoluto. Y si tú o yo nos pasamos 20 años escuchando que nuestros vecinos son unos indeseables no estaremos a salvo de ejercer ese mal.

Publicado por magda Mayo 6, 2004 05:25 PM | TrackBack

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