Junio 14, 2004
Activismo y derechos humanos
El bienestar del banquero
Intentaré no reproducir más artículos de Gregorio Morán, me limitaré a recomendar su lectura cada sábado en La Vanguardia. El pasado día 12 se me escapó, pero TLH me ha dicho hoy que, una vez más, no tiene perdicio. Reproduzco aquí un párrafo y algo más abajo el artículo entero (incluye referencias sorprendentes):
(...) Donde mi conciencia de derrotado alcanza cotas de humillación es tras haber leído la declaración de guerra social de un banquero anunciando la hora fatal: “Hay que desmontar el Estado de bienestar y no tenemos demasiado tiempo para hacerlo”. Hacía muchos años, muchos, que no se oía una cosa igual. Me vino a la memoria María Antonieta cuando le informaron de que el pueblo protestaba porque no tenían pan. “¡Pues que coman pastas!”, respondió con ingenuidad; no había mala intención, sólo ignorancia. Ya el precedente aquel de los terratenientes españoles en los años treinta, cuando los peones no tenían para comer y les respondían “¡comed República!”; eso tenía mala entraña, hay que reconocerlo. Pero un individuo como Alfredo Sáenz que cobra al año, sin contar las regalías, 12 millones de euros –casi 2.000 millones de las añejas pesetas– tenga la desvergüenza de anunciar que para seguir ganando él los 12 millones de euros es preciso desmontar el modesto Estado de bienestar conseguido en España con muchos más sudores de los que ha olido el señor Sáenz en su vida, me parece que es digno de una glosa.
Y una glosa humillante para el que la escribe porque lo normal tratándose de un político sería exigirle que dimitiera, si fuera un juez que se le expedientara, si de un periodista que lo pusieran en la calle; pero, tratándose de un banquero, ¿qué se puede pedir? En otra época mucho más injusta que ésta una provocación como la de Sáenz hubiera significado como mínimo una amenaza de boicot al banco del que él es número dos, nada menos. Porque mientras ese individuo esté ahí es una amenaza no sólo para nuestros intereses sino para nuestra supervivencia. ¿Y quién es este chulo que se pone el mundo por montera y dice a lo mejor lo que algunos piensan y no se atreven a decir? A mí que lo piensen no me preocupa un comino, lo que me inquieta es que lo digan; porque se trata de un banquero no de un pensador, y sé que si lo dice es porque quiere hacerlo. Y lo hará, lo ha anunciado.
Vi en la portada de junio de Le Monde Diplomatique referencias similares al liberalismo total que nos viene. Me lo compraré un día de estos a ver qué dice exactamente.
Alfredo Sáenz considera imprescindible “desmontar el estado del bienestar europeo”
(Efe) 2/6/2004Alfredo Sáenz, vicepresidente segundo y consejero delegado del Santander Central Hispano (SCH), ha afirmado que es imprescindible "desmontar el estado de bienestar europeo" y recalcó que "no tenemos demasiado tiempo para hacerlo". O mejoramos nuestros mercados y acomodamos los impuestos y regulaciones a conceptos "mucho más liberales" o realmente "vamos a tener un problema", ha dicho
El primer ejecutivo del SCH insistió en que "el crecimiento económico a largo plazo y la competitividad están íntimamente ligados a las mejoras estructurales de los mercados de trabajo y financieros; a los niveles de impuestos y a las prácticas regulatorias".
"Es decir –señaló–, o mejoramos estructuralmente nuestros mercados laborales y financieros, y acomodamos nuestro niveles impositivos a los de aquellos países que nos van a hacer la competencia, y acomodamos nuestra práctica regulatoria a conceptos mucho más liberales, o realmente vamos a tener en un problema".
"El “wellfare” (“estado del bienestar”) hay que desmontarlo y no tenemos demasiado tiempo para hacerlo. Es un mensaje que para mí es clarísimo, aunque seguramente nadie me hará caso, pero os aseguro que hay una tremenda preocupación en Europa sobre esta cuestión. La pregunta es cuánto tiempo tenemos para hacerlo y no es demasiado, no tenemos quince años".
Sáenz hizo estas declaraciones este miércoles durante un almuerzo al que asistió invitado por el Club Financiero. A preguntas de los comensales, el consejero del Santander no quiso especificar en qué aspectos concretos cree que habría que desmontar el sistema de bienestar europeo, pero insistió en que "es indiscutible que a largo plazo el crecimiento económico esta íntimamente unido a las reformas del mercado de trabajo y eso significa seguridad social, subsidios, horas trabajadas, subsidio de desempleo, movilidad..."
"No es posible pensar que el “wellfare” europeo pueda continuar, mucho menos después de la entrada de los diez nuevos miembros en la UE", recalcó Sáez, para quien ese es "el principal problema estratégico" de España, ya que plantea graves riesgos de deslocalización y pérdida de fondos estructurales. En un mundo globalizado, dijo, "no se pueden ignorar las posibilidades de trasladar la producción (o los servicios) a países emergentes", que es "donde están las oportunidades", y recordó que los costes laborales en Brasil son una décima parte que en los países más desarrollados.
A su juicio, la irrupción de China en los mercados, facilitando a las empresas el acceso a productos baratos y permitiendo por tanto una mayor inversión, es una de las causas del crecimiento económico, la baja inflación y el descenso de los tipos de interés en todo el mundo. Sin embargo, alertó sobre la presión que está generando en las materias primas y la deslocalización de empresas.
El banquero también mostró su preocupación por la evolución del mercado del petróleo, ya que el 80 por ciento de la producción está en manos de países "políticamente inestables", al tiempo que la demanda mundial crece "fortísimamente". "El cóctel es explosivo", afirmó.
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La conciencia de derrota
GREGORIO MORÁN - 12/06/2004Uno de los conceptos más equívocos de la psicología doméstica, de la psicología, por así decirlo, para andar por casa, es el de la autoestima. Nunca he entendido bien eso de valorarse uno mismo, incluso más allá de su valía real como procedimiento para aguantar los embates de la vida, de la estupidez o de la historia. Por ejemplo, cuando contemplo las imágenes de la conmemoración del desembarco en Normandía, o la conversión del deporte en ideología para descerebrados, o las declaraciones insurreccionales del banquero Alfredo Sáenz, en fin, que cuando percibo eso no hay autoestima que me permita conservar la calma y hacerme superar la conciencia no sólo de que soy un gilipollas, lo cual no es grave si uno es consciente de ello, sino lo que es más alarmante: que algunos llevamos mucho tiempo siéndolo. Por más que echo mano de la autoestima no logro superarlo y aunque no me afecta a mi vida diaria, o eso creo yo, que diría un psiquiatra, lo que está por encima de todo es la conciencia de derrota. Lo demás es un asunto personal y por tanto intransferible, pero la conciencia de derrota no, eso es algo que va más allá del ego.
Primer plano: las tropas de los ejércitos aliados desembarcan en las costas de Normandía y el comentarista narra el homenaje que hoy, sesenta años después, les ofrecen las poblaciones liberadas, no sólo de Francia. Y yo pregunto, ¿nosotros qué debemos hacer? ¿Montar un ceremonial de Estado para congratularnos del feliz desembarco que supuso el comienzo del fin del nazismo? ¿Hacer un despliegue informativo adecuado para llevar a las nuevas generaciones lo que supuso luchar por la libertad en Europa con las armas en la mano? ¿O quedarnos en el limbo? Es decir, no hacer nada y no decir nada más que boberías; ¿no me negarán ustedes que ha dado de sí lo del espía Juan Pu-
jol, que engañó a los alemanes y que fue el factor decisivo, óiganlo bien, que lo dicen los expertos españoles y catalanes, por escribirlo al modo del nuevo columnismo de la cebolla (traducción directa de la seba), decisivo en la derrota de los ejércitos alemanes?
Alguno de los supervivientes periodísticos de aquellos años del cólera dice que la mayoría de la prensa española, y muy especialmente la catalana, era aliadófila. Eso informativamente hablando es mentira. No es que sea falso, es que es mentira. Probablemente fueran agentes emboscados de los servicios de espionaje británicos o norteamericanos, probablemente en su casa escuchaban la BBC y las radios de la Casablanca liberada, pero en el papel, en lo que la gente leía, no eran aliadófilos y se cuidaban muy mucho de darlo a entender porque, de ser descubiertos como aliadófilos, hubieran dejado de escribir en los periódicos. Me estoy refiriendo al largo verano de 1944, cuando Francisco Franco Bahamonde estaba aún convencido de que los nazis ganaban la guerra gracias al armamento secreto.
Mi colega Josep Ramoneda se preguntaba en El País por qué no se ha dedicado más importancia en España a ese ceremonial de Normandía. Debería mi colega trasladar su pregunta a su jefe, Juan Luis Cebrián, y sólo con que él le contara qué hacía su padre, eximio periodista, en junio de 1944, tendría los datos suficientes para entender la peculiaridad española frente al desembarco de Normandía. Porque el padre de Ramoneda, a lo que sé, era notario, pero si hubiera sido periodista lo hubiera entendido perfectamente.
Y es que, en España, el asunto de los padres aún no está superado. Aquí ocurre que si alguien dice que su padre era un fascista y que ejerció de tal durante tropecientos años en cargos públicos de confianza, salen sus hijos diciendo que su progenitor era una buena persona y que se afecta al buen nombre de la familia. A mí cuando apareció aquel oscuro asunto del padre de los Trías y Pepe Ribas, lo que me dejó perplejo es que no señalaran que su padre era un fascista en un mundo de fascistas a los que no se citaba, sino que le redimían de su condición de fascista. De donde se deduce que en España no sólo no hemos matado al padre, como cualquier generación que se precie, y especialmente la nuestra, que tenía sobradas razones para matarlo, sino que además lo entronizamos. ¿Cabe alguna duda de por qué lo mejor ante el desembarco de Normandía es el limbo?
Pero donde mi conciencia de derrotado alcanza cotas de humillación es tras haber leído la declaración de guerra social de un banquero anunciando la hora fatal: “Hay que desmontar el Estado de bienestar y no tenemos demasiado tiempo para hacerlo”. Hacía muchos años, muchos, que no se oía una cosa igual. Me vino a la memoria María Antonieta cuando le informaron de que el pueblo protestaba porque no tenían pan. “¡Pues que coman pastas!”, respondió con ingenuidad; no había mala intención, sólo ignorancia. Ya el precedente aquel de los terratenientes españoles en los años treinta, cuando los peones no tenían para comer y les respondían “¡comed República!”; eso tenía mala entraña, hay que reconocerlo. Pero un individuo como Alfredo Sáenz que cobra al año, sin contar las regalías, 12 millones de euros –casi 2.000 millones de las añejas pesetas– tenga la desvergüenza de anunciar que para seguir ganando él los 12 millones de euros es preciso desmontar el modesto Estado de bienestar conseguido en España con muchos más sudores de los que ha olido el señor Sáenz en su vida, me parece que es digno de una glosa.
Y una glosa humillante para el que la escribe porque lo normal tratándose de un político sería exigirle que dimitiera, si fuera un juez que se le expedientara, si de un periodista que lo pusieran en la calle; pero, tratándose de un banquero, ¿qué se puede pedir? En otra época mucho más injusta que ésta una provocación como la de Sáenz hubiera significado como mínimo una amenaza de boicot al banco del que él es número dos, nada menos. Porque mientras ese individuo esté ahí es una amenaza no sólo para nuestros intereses sino para nuestra supervivencia. ¿Y quién es este chulo que se pone el mundo por montera y dice a lo mejor lo que algunos piensan y no se atreven a decir? A mí que lo piensen no me preocupa un comino, lo que me inquieta es que lo digan; porque se trata de un banquero no de un pensador, y sé que si lo dice es porque quiere hacerlo. Y lo hará, lo ha anunciado.
Los restos de Neguri, ese barrio legendario de las afueras de Bilbao, han dejado unos posos que se reducen hoy a poco más que figuras como las de Alfredo Sáenz. Ya no son aquellos que mandaban las camisas a planchar a Londres, ni los que compraban en subastas cuadros notables y partituras de Haydn o Bocherini: éstos ya son herederos de los que ni ven cuadros ni escuchan música. Una de las cosas más divertidas es la inclusión en el currículum de Alfredo Sáenz de los cuatro cursos de solfeo que hizo, dicen, cuando era niño. Cualquiera que conozca a Sáenz y su supuesta pasión musical por algo que no sea cómo suenan los billetes cuando los cuenta la máquina registradora, se desternillará de risa. La vida de los depredadores se ha hecho muy difícil. Hay mucha competencia y la fauna se ha vuelto aún más despiadada. Esto dio nacimiento a una figura en alza y muy poco estudiada, el killer laboral. No es un criminal ni un fuera de la ley; todo lo contrario, es un escrupuloso cumplidor, si no hay más remedio, de las reglas del juego de la legalidad –no por nada Alfredo Sáenz es asiduo visitante de los juzgados como imputado o testigo capital–. Un killer laboral no es otra cosa que un liquidador de puestos de trabajo. El que se hace cargo de la situación y la resuelve rebajando costes. Alguien tiene que hacerlo y ocurre con oficios menos remunerados co-mo verdugo, funcionario de prisiones o empleado de limpieza del Ayuntamiento.
A Alfredo Sáenz se deben fórmulas preciosas, auténticas aportaciones en el campo del lenguaje muy especializado de los killers laborales. Mi preferida, y que se pueda citar sin ofender al buen gusto de los lectores, es la de “achatarrar capacidad instalada”. Pensarán ustedes que se trata de una críptica definición de cuestiones económicas. No, es mucho más sencillo. Achatarrar es un derivado del diccionario Sáenz de relaciones labores del término chatarra. Y capacidad instalada indica las oficinas abiertas actualmente del BSCH. Es decir, que el supuesto arcano se traduce así: convertir en chatarra a los empleados de las oficinas del BSCH.
Les hago una apuesta en la seguridad de que la gano. El próximo 19 de junio hay junta general del BSCH. No hay ni un solo asistente a la junta que no considere que un político cuando se excede en sus riesgos debe dimitir, ¿apuestan algo a que nadie plantea la dimisión del señor Alfredo Sáenz? Pensar que lo hará él mismo motu proprio excedería mi capacidad de asombro. Desde la conversión de san Agustín de Hipona no se habría conocido algo semejante. Fernando Pessoa es más conocido como poeta que como narrador, de él es uno de los textos más inteligentes que pueden leerse estrictamente vinculado a lo que estamos contando. Es una narración que no llega a 50 páginas –hoy se considera una provocación animar a la lectura de un libro que sobrepase las trescientas–, se titula El banquero anarquista y ahí está escrito: “La misma lógica que me demuestra que el hombre no nace para estar casado, o para ser portugués, o para ser rico o pobre, me demuestra también que no se nace para ser solidario. No se nace sino para uno mismo.
Publicado por magda Junio 14, 2004 09:13 PM | TrackBack
Si es cierto que el liberalismo total nos viene, por favor avisa :)
Enviado por: José Carlos Rodríguez en Junio 15, 2004 01:24 AMTengo que leerme más a fondo vuestras tesis, José Carlos, porque me resultan demasiado lejanas.
Sobre la liberalización de servicios que la Comisión Europea hay un artículo en attac:
Chttp://www.attacmadrid.org/d/5/040415224507_php/040415224507.phpl


