Julio 17, 2004
En plan Fungairiño, pero menos
Estuve en Madrid apenas unas horas, pero valió la pena para desconectar en plan Fungairiño. Aunque, menos, porque en el Altaria no pude evitar consultar toda la prensa y detenerme en los artículos de opinión de todas las tendencias posibles, algo que no suelo hacer diariamente, entre otros, porque en los bares de Barcelona nunca se encuentran ejemplares de ABC y La Razón.
Y tampoco fungairiñeé tanto porque en el fondo iba a Madrid para asistir a un acto muy “periodístico”, la entrega de premios que concede anualmente el Club Internacional de la Prensa. Normalmente, no voy a este tipo de eventos por gusto y, desde que me eché al monte, nadie me encarga cubrir este tipo de noticias, así que lo hice exclusivamente por dos motivos:
1. Porque el premio al mejor periodista joven ha sido para José Vericat, redactor de la Agencia Efe, a quien conocí durante el viaje a Jerusalén. (José se merece ese premio y alguno más por la manera en que se aproxima a las noticias, el modo en que las cuenta y, sobre todo, por su modestia, algo poco frecuente en esta profesión.)
2. Para despedirme de Rafael, a quien también conocí en Jerusalén. Al día siguiente se iba a la República Dominicana, cerca de la frontera con Haití, a seguir trabajando en lo suyo, que es echar una mano donde hace falta y levantarla para regañarnos a los periodistas –no digas que no, querido Rafael-. También eso hace mucha falta.
Como el acto era más bien aburrido, los discursos ultraconvencionales, la autocrítica inexistente y algunos premios, incomprensibles, me pasé la tarde charlando con Rafael y con Lucía. Una vez más, recordamos el día en que nos conocimos. Fue en Kalkilia cuando, después de saber que yo colaboraba con La Vanguardia, Rafael se me acercó para decirme:
- “A ver qué escribes”.
Normalmente, la gente dice “Hola”. Y tal vez Rafael lo hiciera, pero sonó tan fuerte el “a ver qué escribes” que el saludo, si lo hubo, no lo escuché. No se lo tuve en cuenta, porque yo había tenido una reacción parecida el año pasado con unos cámaras de televisión que manipularon una noticia sobre Irak con toda la desfachatez del mundo para ajustarse a lo que su cadena les pedía.
Rafael está aburrido de periodistas, harto de que durante sus tres años viviendo en Palestina –la mayor parte del tiempo en Gaza- le llamaran en más de una ocasión para preguntarle qué había pasado y después, de sus palabras, no quedaba ni rastro, ni siquiera los adverbios de lugar. Ha visto morir a demasiados amigos. Y demasiadas verdades.
Pese a su desencanto, ahí estaba, con su corbata –fue capaz de anudársela por su amigo José- y diciéndole a una estudiante de Periodismo que este oficio es muy bonito.
Yo, muerta de hambre después de pasar todo el día metida en un tren, no estaba preparada para que me invitase a hablar con aquella becaria que me “suplicó” que no le dijera nada negativo sobre el periodismo.
- Por favor, por favor, que todo el mundo me habla mal de la profesión, dime algo positivo.
Pero tuvimos mala suerte, porque empezó la charla explicándome que estaba haciendo las prácticas en la COPE y de Jiménez Losantos, ni una palabra crítica, así que la conversación fue complicada. De todos modos, yo apenas si podía concentrarme con tanta gomina clonada. Y algo parecido debió pasarle a una de las presentadoras, pues se equivocó al anunciar uno de los galardones:
- A continuación, el premio al mejor reportaje “detrás de las camas”.
Las risas no le gustaron, pero fue imposible reprimirlas. Nunca nadie se había atrevido a decirlo tan claramente. Sin media sonrisa, repitió las palabras correctamente y el mejor reportaje “detrás de las cámaras” se repartió entre Tele5 y el especial sobre el asesinato de José Couso, y “Madrid desde el aire”, de Telemadrid.
Sorprendentes resultaron el premio Reconocimiento a las ciudades de Madrid y Leganés por su comportamiento tras los atentados del 11-M –¿y el resto de las poblaciones del Corredor de Henares?- y el galardón concedido al padre Ángel, de Mensajeros de la Paz, en calidad de Personaje del Año.
Uno de los reporteros de verdad que andaba por allí recordó la “ultraamistad” del padre Ángel con Ana Botella mientras destacaba la amabilidad con que ahora trataba a María Teresa Fernández de la Vega. El reportero decía no soportar que el mediático padre “alardeara de haber salvado a montones de niños iraquíes sin criticar a quienes apoyaron esa guerra ilegal, porque son sus protectores”.
La vicepresidenta tampoco se salió del guión. Todos los asistentes tuvieron palabras para las víctimas del terrorismo y para los periodistas muertos durante el ejercicio de su profesión, porque “así se asesina la verdad”. Siento estar tan mal hablada últimamente, pero es que tanta frase hueca me subleva. Ni una sala palabra contra las empresas que matan “esa suprema verdad” amenazando con despidos o represalias.
Un cámara de una televisión privada que también pululaba por allí y parecía buen tipo soltó el clásico “hay que tragar para pagar la hipoteca”. Cuando vio que Rafael y yo nos poníamos rojos -es lo que tiene este tipo de alergias- nos aclaró que él ya no graba nada para Política, que pidió que lo pasaran a Sociedad para estar más tranquilito y sin grandes problemas de conciencia.
Esa es la opción que acaban tomando muchos para sobrevivir. Las periodistas, cuando se embarazan, suelen pedirle el traslado a la sección de agenda u horóscopos, porque no tienen muchas más alternativas si quieren ver a sus hijos un par de horas al día.
Del mismo modo, los más comprometidos se piden Sociedad y variedades para ahorrarse la úlcera que les supondría escribir un montón de basura firmada bajo el paraguas de “Redacción” (vale la pena analizar los artículos escritos por la “redacción” para averiguar la razón por la cual el periodista decidió ocultar su autoría. La mayoría de las veces el motivo es que, simplemente, se avergüenza de ellos).
Conclusión de las conversaciones con los compañeros (la misma que apuntaba Bono hace unas semanas): La dichosa hipoteca acaba con la libertad de prensa.
Dato curioso: la entrega de premios estaba patrocinada por el BBVA. Sus siglas destacaban, enormes, en el escenario.
Claro que el banco del ex Libretón no era el único patrocinador del evento. Más pequeños aparecían los logos del BSCH y el inevitable Corte Inglés. Otras empresas pusieron algunos de los premios que se sortearon después: lotes de libros, un reloj, un viaje y otras cosillas de esas que tanto entusiasman a los periodistas adictos a los canapés y los ji-ji-ja-ja. Y, además, qué derroche, hubo baile. Orquesta verbenera tocando Corazón Latino en el Palace, como en la boda de mi primo.
Si llego a saber que en los hotelazos de la capital también hay pachanga me ahorro el disgusto de haber suicidado mi móvil tan tontamente. Se ahogó en el tren camino de Madrid mientras yo intentaba aplacarme los pelos en el lavabo de mi vagón para ser digna de pisar la alfombra roja. Sucedió mientras me cambiaba de ropa y dejé el bolso –con el móvil dentro- en el lavamanos. Ese grifo tan moderno empezó a echar agua automáticamente sin que me diera cuenta hasta pasados un par de minutos. Por más boca a boca que le hecho no he logrado resucitarlo, así que si alguien me ha telefoneado durante estos días debe saber que si no le he devuelto la llamada no ha sido por antichévere, sino por idiota.
Y acabo todo este rollo de post, porque su principal objetivo era desearle a Rafael todo lo mejor en la República Dominicana y pedirle que se acuerde de enviarnos de vez en cuando algún correo explicándonos lo que allí pasa. Por aquí no olvidamos que nos vigilas de cerca. Hazlo siempre, por favor.
Un beso grande y salud (mental) para todos los hipotecados (me incluyo).
Publicado por magda Julio 17, 2004 09:42 PM
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