Julio 28, 2004
Literatura
Hotel América
El segundo número de la revista literaria Granta en español reúne bajo el título “Hotel América” los textos de una veintena larga de autores de ambos lados del Océano Atlántico que reflexionan sobre “el único imperio contemporáneo, el más poderoso de la historia”. Sus visiones son esencialmente literarias y no políticas. Repasan la relación de los autores con “América” y, sobre todo, cómo les ha condicionado vivir en este país, un lugar que todo el mundo cree conocer.
Entre todos los relatos, destaca el del alemán Hans Magnus Enzensberger, pero reproduzco aquí los extractos que, más que con Estados Unidos, enlazan con la anotación de ayer en la que hablaba de la caída del Muro de Berlín. Enzensberger recuerda en “El Imperio Celeste” sus experiencias con el ejército norteamericano cuando éste llegó a luchar contra el nazismo:
“Un día el capitán McCann, nuestro comandante, me entregó un paquete del tamaño y la forma de un ladrillo (...). Cuando lo abrí, encontré una plétora comprimida de objetos intrigantes: en primer lugar, una pequeña lata, al fondo de la cual se había adherido un ingenioso abridor. Dentro descubrí una suerte de carne prensada y totalmente desconocida, que se llamaba Spam. Luego vi un envoltorio de aluminio que contenía un polvo marrón y amargo, de grano grueso, conocido con el no menos misterioso nombre de Nescafé. Había terrones de azúcar empaquetados individualmente, una bolsa de leche en polvo, una provisión de aspirina, una lata de piña en almíbar, pañuelos de papel y, lo más intrigante de todo, un condón y un tubo de ungüento antibiótico para la prevención y la cura de enfermedades venéreas (...). Me pareció clarísimo que una nación capaz de hacer semejantes previsiones tenía que ser invencible”.
Siempre se dice que lo primero en llegar a un país “liberado” es la Coca-Cola y el McDonald’s, pero me consta que suelen venir acompañados del Nescafé de manera casi simultánea. El concepto queda tan grabado en la memoria colectiva que en Belgrado, por ejemplo, la gente no pide cafés con leche, sino “Nes" del mismo modo en que en el pueblo de mis padres muchos siguen yendo a comprar “danones” de fresa aunque acaben comiendo yoplaits.
Algo similar ocurrió en la ex República Democrática Alemana tan pronto se produjo la reunificación. Recuerdo el viaje que hice a Magdeburg en diciembre del 1990. Las casas seguían igual destartaladas y en los escaparates los maniquíes las observaban con la misma mirada kitsch y extraviada con que lo habían hecho durante décadas. Sin embargo, algo había cambiado. Cada dos calles había un cartel que anunciaba café “del bueno”. Todo eran letreros de Tschibo y Eduscho.
Unos meses antes, cinco después de que cayera el Muro, había pasado un día entero paseando por Berlín Este. Aquella visita fue muy distinta a la del año anterior, guiada por agentes del régimen de Honecker. La segunda vez fue un soleado domingo de abril y en el diario habían anunciado que tiraban-abrían un nuevo tramo. Jamás me enteré demasiado bien de cómo funcionaba aquella historia, porque íbamos acompañadas de un pariente de mi familia adoptiva. Sólo sé que mi amiga Eva y yo fuimos al lugar indicado y lo encontramos lleno de globos de colores y de puestos de frutas y flores “exóticas”. A los habitantes de la RDA les encantaba comprar flores.
Las dos Alemanias seguían siendo países distintos y al caminar por las calles de la RDA se podía intuir parte de la posguerra que ambos estados vivieron de modos tan diferentes:
“Al cabo de unos cuantos años (después de la II Guerra Mundial), mi país (RFA) volvió poco a poco a una suerte de normalidad intranquila. Resmas enteras de billetes de banco antiguos fueron cambiadas por una nueva divisa impresa en Estados Unidos. Los escaparates vacíos de las tiendas se llenaron casi de la noche a la mañana, como si fuese por un milagro, de zapatos, salchichas, destornilladores y manzanas. En una frenética reconstrucción, se repararon los tejados de las viviendas, se despejaron los escombros de las calles, se repararon las vías del ferrocarril. Al mismo tiempo, y con idéntica y pasmosa velocidad, millones de nazis desaparecieron de delante de nosotros. La mayoría se había convertido en el acto en demócratas rescatados que prosiguieron risueños sus carreras en el aparato del Estado, en la empresa, en la educación, las leyes y la medicina. Nadie quiso saber nada de lo que con un punto de cortesía se llamaban “los años más siniestros de Alemania”.
En cuestión de muy poco tiempo, la parte occidental del país se había convertido en un protectorado estadounidense (...).
A pesar de los febles empeños de los aliados por alcanzar la desnazificación, hubo algo más bien turbio en nuestro restablecimiento. Muchos alemanes albergaban en sus corazones un callado resentimiento ante lo que se veía más como un desastre que como una liberación. La amnesia era una afección muy extendida. La antigua mentalidad autoritaria seguía estando operativa y era algo extendidísimo”.
Cito estos párrafos porque creo que resultan útiles para comparar estas ideas y hechos con las noticias que escuchamos estos días sobre la supuesta reconstrucción y "desadamización" de Irak.
Finalmente, para volver al nombre del Hotel, reproduzco otras líneas de Enzensberger:
“Y cuando por fin llegué a Hollywood me aguardaba otro pasmo de marca mayor. Me dieron entradas gratis para un programa de televisión (...). Nunca había visto a un cómico de micrófono en acción; no dudaría en reconocer que se me escapó la mayoría de los chistes. Pero lo que en realidad me colmó de aprensión fueron dos rótulos que de vez en cuando destellaban con un mensaje inequívoco dirigido al público: nos indicaban cuándo reír y cuándo aplaudir. Ambas instrucciones se cumplían a rajatabla. Incluso ahora, cuando esta treta es ya un lugar común en todo el mundo civilizado, para mí sigue siendo un enigma en torno al concepto de obediencia (...)”.
Algunos tipos de obediencia en las democracias son realmente patéticos. En fin...
Y en este seguir estableciendo lazos entre América y el Viejo Continente, recomiendo el relato “Los olvidados” de Tim Tzouliadis. Trata sobre los jóvenes estadounidenses que emigraron a la URSS y acabaron en el Gulag.
Publicado por magda Julio 28, 2004 11:29 PM
| TrackBack


