Julio 30, 2004

Desclasificados
Chernobil

Mientras cenaba he visto en "Pecado original" un pequeño reportaje sobre el atractivo turístico de Chernobil, un lugar al que cada año acuden más visitantes. Les fascina ver el escenario de la mayor catástrofe nuclear europea. Como máximo, pueden quedarse dos días, las radiaciones son muy peligrosas. Supongo que eso añade más morbo a la experiencia.

Eso me recuerda al turismo bélico, al que disfruta segregando adrenalina al recorrer la ex Yugoslavia poco después de que acabaran sus guerras. Leí no sé dónde que hace unos años había un tour operador italiano que invitaba a sus clientes a vestirse con el chaleco antibalas y a viajar en 4x4 por parajes en los que aún se podía casi casi oler a pólvora.

Todo ello me ha hecho recordar la entrevista que ayer hacía Ima Sanchís a la periodista y escritora ucraniana Svetlana Aleksievich. Entre las respuestas de esta experta en Chernobil, aparecidas en La Contra de La Vanguardia, destaco la siguiente:

"(...) Hay algo muy importante que ustedes no han entendido.

–¿De qué se trata?

–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán ese aire y toda su vida se transformará.

–Todos estamos expuestos.

–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego, ahora no podríamos vivir en Europa.

Entrevista íntegra:

SVETLANA ALEKSIEVICH, PERIODISTA Y ESCRITORA, EXPERTA EN CHERNOBIL
"¿Por qué lloras, mamá?"

Nací en 1948 en Ucrania. Vivo en el exilio, en París, por estar en contra del presidente de Bielorrusia. Me licencié en periodismo y he publicado varios libros que no vieron la luz en mi país hasta la era Gorbachov. Estoy separada, tengo una hija de 23 años. He dado una conferencia en el CCCB sobre las consecuencias de Chernobil

IMA SANCHÍS - 29/07/2004
La Vanguardia

Todos los supervivientes de Chernobil dicen lo mismo: lo que ha ocurrido no se puede comparar con nada, es una faz nueva del mal. Nadie estaba preparado para un acontecimiento de esas dimensiones ni para sus consecuencias.

–Cuénteme lo que usted ha vivido.

–Me he pasado tres años viajando, preguntando a trabajadores de la central, científicos, ex funcionarios, médicos, soldados, personas evacuadas y las que se han quedado...

–También estuvo presente en la evacuación de algún pueblo.

–Chernobil acabó con 485 aldeas y pueblos, 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. La radiación hacía imposible la vida allí pero aquella mujer no quería abandonar su casa: “Yo sé lo que es la guerra, me dijo, pero ahora brilla sol y el campo florece. Todo vive, los pájaros, los ratones... ¿Por qué tengo que abandonar mi casa?”.

–No entendía.

–Nadie entendía. Estamos viviendo un escenario de la guerra del futuro. Chernobil es muerte invisible. Sólo hay muerte, pero tú no la ves, los campos están contaminados, el agua, el aire, la leche, el trigo con el que se hace el pan. Ni siquiera puedes caminar descalzo sobre la tierra. Y no tiene solución.

–Chernobil sigue matando.

–Murieron centenares de miles de personas y todavía hay dos millones que viven en los alrededores, más allá del área de seguridad de 30 kilómetros, y que siguen sufriendo las consecuencias,

–Hay pueblos en los que la mortalidad supera en un 20% a la natalidad.

–Debido a la acción constante de pequeñas dosis de radiación, en Biolorrusia cada año crece el número de enfermos de cáncer, de personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas.

–Hágame la crónica del futuro.

–Las consecuencia son todavía impredecibles porque durarán miles de años. La radiactividad sigue ahí idéntica al primer día. Estar embarazada es, en mi país, una desgracia. Pero hay algo muy importante que ustedes no han entendido.

–¿De qué se trata?

–Ustedes pueden estar tranquilamente sentados en su casa de Barcelona, en sus despachos..., pero si ocurre un accidente en los países Bálticos en poco tiempo la nube tóxica estará sobre sus cabezas, respirarán ese aire y toda su vida se transformará.

–Todos estamos expuestos.

–Así es, por eso me parece ingenuo no tener una postura ecológica clara, porque de ella depende nuestra supervivencia. Necesitamos otro modelo de mundo. Si miles de bomberos y jovencísimos militares con ideas heroicas en la cabeza no hubieran dado su vida apagando aquel fuego, ahora no podríamos vivir en Europa.

–La nube tóxica llegó hasta aquí.

–Aquel 26 de abril de 1986 se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania, Austria, Rumania. El 30 de abril en Suiza y norte de Italia. El 1 y 2 de mayo en el resto de Europa y en Japón. El 4 de mayo en China. Luego en India, EE.UU...

–Tuvimos suerte.

–El cuarto reactor, la instalación llamada Refugio sigue guardando en sus entrañas 20 toneladas de combustible nuclear. Las grietas superan los 200 m2, por lo que siguen desprendiéndose aerosoles radiactivos.

–¿Puede el sarcófago destruirse?

–Según documentación que he recogido nadie lo sabe, hasta hoy es imposible aproximarse. Pero todos los científicos saben que la destrucción del Refugio daría lugar a unas consecuencias aún más terribles que las que se produjeron en 1986.

–¿Cómo viven los supervivientes?

–“La muerte nos rodea”, me explicó la maestra Nina Konstantinovma. “Doy clases a unos niños que no se parecen a los que había hará unos diez años”.

–...

–“Ante los ojos de estos críos, constantemente entierran algo o a alguien –dijo Nina–. Cuando están en formación caen desmayados, cuando se quedan de pie unos 20 minutos les sangra la nariz. No hay nada que les pueda asombrar o alegrar. Siempre soñolientos, cansados. Las caras, pálidas, grises”.

–...

–“Ni juegan ni hacen el tonto –continuó explicándome la maestra–. Y si se pelean, si rompen sin querer algo, los maestros hasta se alegran. No les riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente. Les pides en clase que te repitan algo y no pueden”.

–Ha recopilado usted historias sobrecogedoras.

–Son historias cotidianas. Existe la gran historia, el accidente de Chernobil que afectó a una quinta parte de Bielorrusia, y existe la crónica cotidiana que todavía se escribe.

–... Y que podría ser la suya, la mía o la de cualquiera.

–Eso es lo que hay que entender. Cuando la central estaba en llamas la gente salía a los balcones con los niños en los brazos: “Fíjate bien en este espectáculo porque es único”, les decían. Ahora toda esa gente, todas esas viudas que vieron regresar a sus maridos de la central, los vieron llenarse de llagas y escupir pedazos de pulmón, siguen sin entender.

–¿Viven con miedo?

–Sí. Me da miedo vivir en esta tierra, me confesaba una mujer. Me han dado un dosímetro, ¿Y para qué me hace falta? Lavo la ropa, la tengo blanca como la nieve, en cambio el dosímetro pita. Preparo la comida, pita. ¿Para qué lo quiero? Doy de comer a los niños y lloro. “¿Por qué lloras, mamá?”

Publicado por magda Julio 30, 2004 10:14 PM | TrackBack

Comentarios

a mí tambien se me ha helado la respiración al leer la contraportada de LA VANGUARDIA hoy a las siete de la mañana mientras tomaba mi primer cortado. confortablemente Y mientras las portadas insistian sobre la neurosis del 11-M...
el turismo post-bélico es perverso como casi todo tipo de turismos con o sin adjetivos.

Enviado por: xavi en Julio 30, 2004 10:55 PM

Siempre comienzo la lectura de La Vanguardia por la contra-portada, lo mejor de ella casi siempre.
Esta vez ha sido en un bar comiendo con un amigo.
La ucraniana le ha dado una bofetada a mi amodorramiento. Ir diciendo por ahí, que hay que cambiar de sistema, es caminar hacia el ostracismo y el aislamiento social. ¿ Qué hacer ?
La neutralización del que difiere es apocalíptica.
Mi conciencia la tranquilizo con "resistir es vencer".
Me miro al espejo y veo un gran hipócrita.

Enviado por: argamasalva en Julio 31, 2004 10:24 AM

Muy relacionada con la anterior y también publicada en La Contra, la siguiente entrevista de Lluís Amiguet a uno de los supervivientes de la bomba atómica.

Amiguet escribe lo siguiente: "Salgo indignado de hablar con Miwa. Perdonen que me desahogue aquí. Pienso en sus nietos sufriendo enfermedades por la guerra del abuelo. ¡La bomba sigue cayendo sobre Nagasaki y sobre nosotros! ¿Qué hacer? ¿Qué podemos hacer? Poco, pero hagámoslo desde ahora. Cuando hablen con un ciudadano de los siete países con arsenal nuclear: India, Pakistán, Israel, Francia, EE.UU. Reino Unido y Rusia, díganle que comete un crimen contra nosotros cuando consiente en conservarlo y acepta pagarlo con sus impuestos. ¡Pidámosle que vote contra las bombas atómicas! ¡Que a sus políticos les cueste votos mantenerlas! ¡Que las liquiden ya! ¡Como hizo Mandela en Sudáfrica! Amigos: no creo que funcione, pero intentarlo será un alivio"


MIWA HIROSHI, PORTAVOZ DE LOS SUPERVIVIENTES DE NAGASAKI
“Mi hijo y mi nieto pagan por la bomba”


Tengo 76 años. Mañana hará sesenta que me levanto cada día temiendo ser uno de los 7.000 japoneses que mueren cada año por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. He transmitido a mi nieto y a mi hijo debilidad congénita por la radiación. La gente huía de nosotros, los de las bombas, como de apestados. He participado en el Fòrum.

LLUÍS AMIGUET - 02:46 horas - 05/08/2004

Usted cree que EE.UU. necesitaba tirar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para ganar la guerra?

–No. Cada día los historiadores y todo el pueblo japonés vemos más claro que aquella atrocidad le era innecesaria a Washington para ganar la guerra. Japón ya preparaba su capitulación.

–¿Por qué las echaron entonces?

–Primero por un frío cálculo: querían probarlas sobre carne humana y nosotros éramos la carne humana más a mano que tenían los generales americanos.

–Ellos sabían que sería horrible.

–Sí, pero habían asumido, como el genocida Hitler y el propio y enloquecido Japón imperial que el arma definitiva ya ni siquiera era la atómica: era el terror. La bomba debía ser horrorosa, más allá de todo lo imaginable, para ser eficaz mucho después de que estallara.

–Y lo ha sido. Hace sesenta años que lo es.

–EE.UU. fue en aquel momento un terrorista nuclear. Lo que nos atormenta es pensar ahora que la guerra ya estaba ganada y que ese terror se empleó más allá de los objetivos militares. Querían aterrorizar al mundo y lo consiguieron.

–En su opinión, ¿qué perseguía EE.UU.?

–Demostrar su superioridad militar absoluta sobre el planeta y lanzar una advertencia a la Unión Soviética.

–¿Cómo reaccionó el pueblo japonés?

–¿El pueblo? No éramos un pueblo, no éramos ciudadanos, no éramos personas. Éramos súbditos del emperador. Yo crecí en la fe absoluta de que éramos el pueblo elegido por Dios y el emperador del Japón era su hijo único sobre la tierra.

–¿Jamás lo cuestionaron ustedes?

–Jamás. De hecho, creo que Japón aceptó de algún modo sin protesta el terror de las bombas atómicas y no prolongó la resistencia en la posguerra a cambio de que el ocupante respetara el sistema imperial. Y los ocupantes americanos fueron lo bastante hábiles como para mantener ese sistema.

–¿Por qué era tan importante?

–Nuestra obsesión era mantener el sistema imperial porque era nuestra conexión con el cielo más allá de cuanto pudiera ocurrirnos en la tierra. Por otra parte, la estricta censura hizo que sólo nos enteráramos del holocausto los que lo vivimos. El resto de la población vivía sumida en la confusión y su única información era la propaganda primero imperial y luego de las fuerzas de ocupación norteamericanas.

–¿Cómo lo vivió usted?

–Yo tenía 16 años. Han pasado 60 y no he dejado de acordarme ni un solo día de todo aquello. Yo estaba a 10 kilómetros de donde cayó la bomba, pero más cerca se alcanzaron los 3.000 grados Celsius en medio de un ciclón de plutonio. Días después, el hedor de los cuerpos era insoportable, pero tuvimos que acercarnos a ellos.

–¿Por qué?

–Había que impedir las epidemias y todos teníamos que enterrar los muertos. Cuando intentamos ayudar en el rescate, más cerca de donde cayó la bomba, cogí un cadáver entre las ruinas y estiré de él. El brazo se deshizo como si fuera de mantequilla y el estómago estalló emitiendo un surtidor de vísceras amarillentas.

–¿Y usted?

–Estaba paralizado por el horror, como noqueado. Me afectaron las radiaciones de plutonio como a todos. Durante días, semanas, meses y después años la gente un día sufría una diarrea y moría. Otros contemplaban como unas manchas púrpuras en sus pieles anunciaban la muerte inminente.

–Morían en silencio.

–Cada día, sabíamos o veíamos a un amigo a punto de morir por la bomba. Mi profesora del colegio Yamaguchi Takeko murió entre sufrimientos horribles por la radiación... ¡Veinte años después!

–¿Cuántos murieron?

–¿Quién lo sabe? ¿Cuántos morirán aún? ¿Cuántos de mis hijos y nietos morirán por aquella bomba? ¿Cuántos niños nacerán tarados por una guerra que no conocieron?

–¿Sus descendientes sufren anomalías por aquella bomba?

–Mi hijo y mi nieto padecen debilidad congénita por las radiaciones que yo sufrí.

–¿Cuántos como usted?

–Represento a Japan Gensuikyo. Somos 280.000 ciudadanos afectados.

–¿Qué pretenden?

–Denunciar que todavía miles de japoneses y sus descendientes sufren el horror de las radiaciones: cáncer, enfermedades hereditarias, malformaciones congénitas, debilidad hereditaria, horribles taras...¡Y lo que no sabemos todavía!

–La bomba sigue cayendo cada día.

–Sí. Sobre niños que aún no han nacido.

–¿Cree usted posible otro Nagasaki aún después de la guerra fría?

–He dedicado mi vida al estudio del arsenal nuclear y del control armamentístico. Estudié Historia y Politología. Me apasioné por entender las democracias. Me indigné con mi propio país y con el mundo.

–¿Por qué?

–Nuestra democracia es precaria. Ocultamos la verdad y aceptamos la culpa. Aún quedan 20.000 armas nucleares en nuestro planeta. ¡Indígnense conmigo! ¡Digamos basta ahora mismo! ¡Denunciémos a todos los países que las tienen! ¡Es un crimen contra la humanidad y contra nuestros hijos!

–Tiene usted razón.

–Y también las mininucleares. El político y los estados que las tienen son criminales. Dígaselo cada vez que los vea. Proteste.

Enviado por: Magda en Agosto 6, 2004 09:50 PM