Enero 08, 2005
Desclasificados
Inundaciones
Estaba actualizando el apartado "Libros" de esta web cuando he releído una entrevista que hice en el 2001 para "33 tristes traumas" a un emigrante venezolano hijo de españoles. Me contó cómo se sintió tras las inundaciones que asolaron su país. Desgraciadamente, resulta muy actual:
Capítulo 15
La chica de la agencia se ofreció a llevarnos a casa. En el coche venía en plan jocoso, iba haciendo bromita. Al pasar por delante de un edificio dijo: “Ése es mi colegio. Ojalá se quemara hasta los cimientos.” Primero me dio por reír, porque conozco la sensación. Todo el mundo lo ha pensado alguna vez, pero después caí en la cuenta de que mi colegio, la calle de mi colegio, mis profesores, todo eso, quedó borrado de un plumazo. Ya no existe más que bajo un lodazal.
Hasta que cayeron las lluvias en Venezuela yo me sentía desarraigado, pero era soportable. En el fondo siempre me he sentido así. En casa somos emigrantes de casta. Primero fueron mis padres los que se marcharon a Caracas y después nos ha tocado hacer el camino inverso a toda la familia. Ahora mi país está muy mal. Sólo se vislumbra inestabilidad política, económica y social, y mucha violencia.
En Venezuela todo el mundo tiene un primo en un cuartel y siempre hay alguno que llama y dice que el ejército anda revuelto, y entonces empezamos a comprar comida, latas, leche en polvo, agua para prepararnos para lo que pueda venir. Nunca sabes qué exactamente. Luego la histeria pasa y comienza una nueva etapa de calma, pero no dura demasiado.
Allí no tenía esperanza de nada. No me gustaba tener que llevar pistola en el coche para defenderme, porque los asaltos son de lo más común y atravesar según qué plazas es lo más parecido a un suicidio. Aún recuerdo mi extrañeza los primeros días en Madrid. No podía creerme que se pudiera pasear por una ciudad tan grande de día y de noche, sin miedo a que te encañonen en cualquier esquina. O ver a un policía y no empezar a temblar, porque en mi país las fuerzas de “seguridad” son más peligrosas que los delincuentes.
Fue fantástico. Además, yo ya había vivido aquí de pequeño, de los tres a los ocho años, y mis primeros recuerdos de infancia son los croissants que comíamos mi madre y yo en una cafetería de Gijón, paseando por la playa. Después, cuando ya empezó a irle bien a mi papá, volvimos a Venezuela a reunirnos con él y allí fue donde nació mi hermano Jorge.
Yo siempre he sido menos tropical que Jorge. Los chiquillos son muy crueles y cuando empecé a ir al colegio en Venezuela, se metían conmigo por ese motivo. Yo no era como ellos, era un niño de Europa que siempre estaba mirando al Viejo Continente. En el Trópico añoraba el cambio de las estaciones. El frío no es mi estado ideal, pero disfruto viendo cómo caen las hojas de los árboles, cómo las flores se mueren y vuelven a nacer. Como en esa escena de Notting Hill, cuando Hugh Grant pasea por el mercado y en su caminar la poca naturaleza que hay en Londres varía y así el director te muestra que ha pasado meses sin Julia Roberts.
Y, pese a todo, Venezuela era mi referente. Buena parte de infancia y sobre todo mi adolescencia, el lugar donde estudié, donde me convertí en la persona que soy. Ahora tengo una novia madrileña y me hubiera gustado ir con ella a pasar unas vacaciones en Venezuela y poder enseñarle donde me crié, pero ese barrio ya no existe. Yo le habría dicho: “Por esta calle iba en bicicleta, aquí me caí. Nací en ese hospital.” De ese modo, a través de mis recuerdos y mi modo de narrarlos, me conocería mejor a mí, pero ya es imposible.
Además, por no quedar, no me quedó ni patria. El presidente Chaves le cambió el nombre y ya no existe la República de Venezuela. Ahora se llama República Bolivariana de Venezuela. Hay nuevos pasaportes, nuevos documentos... Después de las inundaciones, mis compatriotas ironizaron sobre tanta tragedia junta e inventaron un nuevo nombre: República Bolivariana de Waterworld.
Mis padres sobrevivieron, pero lo perdieron absolutamente todo. Lo más importante, la casa, incluido lo que había dentro, que es lo que más me duele: Allí se quedaron los cuentos del “Topoyiyo”, los discos de U2, los libros de mi hermano, el vestido de boda de mi madre, su cubertería... A ella le encantaba, tenía cubiertos para dar de comer a la realeza de toda Europa. Cuando caí en ese detalle, se me encogió el corazón. Puede parecer una tontería, pero yo sé lo que significaban para mi madre. Tampoco tenemos ni una sola foto de cuando éramos pequeños, ni de la graduación de Jorge. Nos hemos quedado sin buena parte de nuestro pasado.
En esos detalles hemos ido pensando después, poco a poco. Al principio, cuando empezaron las noticias sobre las inundaciones, ni siquiera podíamos razonar. Mi hermano, mi abuela y yo estábamos aquí y mis padres, en Venezuela. No había manera de contactar con ellos, ni imágenes de lo que estaba sucediendo. Sólo sabíamos que una de las zonas más afectadas era la nuestra. Después, cuando llegaron los videos, vimos nuestro barrio, totalmente anegado y temimos lo peor. Jorge y yo ocultábamos toda la información a mi abuela, pero la verdad es que cuando estábamos solos tampoco nos atrevíamos a abrir la boca. Teníamos demasiado miedo.
Luego ya lo supimos todo. Pasaron tres días subidos en el tejado. Mi padre está acostumbrado a trepar para coger cocos, se conserva en buena forma, pero mi madre, a sus sesenta años, lo pasó fatal. Desde allí, vieron cómo el agua se llevaba de golpe a diez personas que se habían subido a una escalera para ver la riada. Mi padre pudo salvar a un niñito de seis meses, lo agarró al vuelo cuando iba por el torrente abajo.
Después me contaron que el olor a muerto no les dejaba comer. Ni los gritos, ni los disparos de los asaltadores. Porque casa que quedaba vacía, casa que era arrasada inmediatamente por los saqueadores. Y las fuerzas de seguridad no lo impidieron (...).
Después de la tragedia, a los pocos días, mis padres se vinieron para Madrid. Allí no les quedaba nada. Mi papá llegó muy mal, obsesionado. Cuando le ves la cara a la muerte todo cambia. Sufría con cualquier variación meteorológica, todo el tiempo se dedicaba a mirar los noticiarios. Con las nevadas de este último invierno lo pasó fatal (...). No dejaba de comentar que se nos está yendo la mano con la polución, con el ozono. Y tiene razón, al final tendremos palmeras en los Polos y nevará en Venezuela.
A ese temor se le unió el dolor por la gente que se quedó. También al resto de la familia. Y, lo que es más fuerte, nos acordábamos hasta de gente que no conocemos. Gente que no habíamos visto en nuestra vida, y que de repente estaba en el techo de nuestra casa intentado salvarse, pero no lo consiguieron.
No te sientes culpable por haber sobrevivido, porque tampoco eres tan idiota, pero sí tomas conciencia de tu suerte. Te das cuenta de que el destino existe, que en esta vida se toman decisiones que pueden parecer pequeñas y que luego adquieren su importancia. No sé qué hubiera pasado si, a los 25 años, yo no hubiera decidio aventurarme a venir para acá y traerme a mi hermano y a mi abuela. Ahora tenemos algunas cosas aquí, un piso donde vivimos, un trabajo, algo a lo que aferrarnos para volver a comenzar (...).
La gente aquí, en Madrid, no nota lo que llevamos por dentro. Durante los primeros días nos veían tan enteros que nuestros conocidos en el barrio nos preguntaban si realmente éramos de Venezuela. Mientras la noticia estuvo a diario en la tele, estuvieron afectados, de corazón. Ahora ya están insensibilizados. Y es normal, entre el Mitch y la serie de catástrofes que ha habido últimamente... Están cansados de la ayuda humanitaria, de las cuentas corrientes. Cuando te pones en el lugar de cualquier español medio lo entiendes, sobre todo porque nadie puede imaginar que algo así pueda suceder en su propia casa.
Publicado por magda Enero 8, 2005 06:08 PM
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En países donde el Mar o el Huracán (palabra índigena como se llamaba al dios de la tempestad taína) la amenaza o violencia de la naturaleza nos marca de muchas formas. Esa violencia viene desde la naturaleza y se engendra en el mismo pueblo. Es interesante y revelador tu post de hoy, aunque reconozco que me entristeció mucho por lo personal y vigente del mismo.
Saludos,
Noelia
Enviado por: noelia en Enero 9, 2005 02:16 AMLa madre naturaleza tiende a cebarse con los más vulnerables. Resulta bastante clasista. Si existe un Dios, debe de ser un tipo bastante reaccionario. Pasados dos meses nadie recordará las víctimas del tsunami como nadie recuerda ahora a las víctimas del huracán Mitch. Hemos aprendido a olvidar para sobrevivir.
Enviado por: Fuser en Enero 9, 2005 04:40 AMEspero de verdad que este año no haya tantas tragedias, y que no olvidemos a las víctimas del 2004. Aprovecho además, Magda, para desearte un muy feliz 2005 y que sigas manteniendo tu fabulosa web. Te disfruto mucho y hacen mucha falta periodistas independientes como tú.
Enviado por: Hester Prynne en Enero 9, 2005 11:41 PM

