ESCLAVOS
DE STALIN
La vieja mirada de Solzhenitsin
La reedición de 'Archipiélago Gulag',
del Nobel ruso, confirma la recuperación de la memoria histórica
sobre la represión estalinista en que abundan otras obras
El comunismo debía acabar con las cárceles
burguesas. Quizá por este motivo, algunos intelectuales de izquierdas
han optado por considerar el Gulag como un invento exclusivamente estalinista.
Sin embargo, Alexander
Solszhenitsyn (URSS, 1918) demuestra todo lo contrario en Archipiélago
Gulag II.
Publicado en:
El Periódico (Libros), 7 de julio de 2005
(Versión íntegra antes de ser editada para su publicación)
Magda Bandera | 07-07-05
Tal
como recoge el Nobel nacido en un pueblo de la actual Ucrania, Lenin ya
anunció en diciembre de 1917 -tan sólo dos meses después
de la Revolución- los castigos que se aplicarían en el futuro:
"confiscación de todos los bienes, reclusión en prisión,
envío al frente y a trabajos forzados de todos los que desobedezcan
las leyes actuales". Según el especialista en estadística
I.A. Kurgánov, la represión, el hambre y el déficit
por baja natalidad costaron la vida a más de 66 millones de personas.
Solzhenitsin da por buena esta cifra.
Los motivos que llevaron a la creación de tan monstruosa maquinaria
represora son variados. Más allá de las purgas políticas
y paranoicas, la URSS necesitaba mano de obra para colonizar el Norte.
"¿A quién podían enviar a las minas de Dzhezkazgán
para que perforaran en seco doce horas al día?", se pregunta
Solzhenitsin. "No había máscaras, y cuatro meses después
se enviaba al hombre a morir a otra parte con una silicosis irreversible".
Las faraónicas empresas emprendidas por Stalin también
exigían mano de obra "barata". La construcción
del canal que debía unir los mares Blanco y Báltico fue
una de las más ingentes. Además de peones, su fabricación
requería peritos hidráulicos y especialistas en regadíos.
Muchos de ellos fueron oportunamente detenidos en esas fechas.
Las acusaciones para encarcelar a una persona eran tan "estúpidas"
como crueles. Solzhenitsin recuerda a un ciudadano al que le cayeron ocho
años de trabajos forzados, acusado de "emborracharse porque
odiaba al régimen soviético". Un muchacho hambriento
fue condenado a cinco años por robar un puñado de pepinos.
La tala de bosques era un trabajo "en el que podía colocarse
a todo el mundo y que no estaba cerrado ni siquiera a los inválidos
(a los mancos los enviaban en equipos de tres a aplanar la nieve de medio
metro)", escribe Solzhenitsin. El Gulag construyó puentes,
vías ferroviarias, casi todos los centros de la industria atómica
e incluso ciudades enteras. "Más fácil sería
enumerar aquello de lo que nunca se ocuparon los presos: la fabricación
de salchichón y de productos de confitería". En cualquier
caso, todo se hacía en condiciones climáticas y vitales
extremas.
"Esto pasaba en los mejores y más brillantes años
veinte, antes de cualquier "culto a la personalidad", cuando
las razas blanca, amarilla, negra y aceitunada de la Tierra veían
en nuestro país la antorcha de la libertad", denuncia con
ironía Solzhenitsin.
Un regimen esclavista
Los prisioneros del Gulag y los siervos eran víctimas de sistemas
prácticamente idénticos, organizaciones sociales "de
explotación forzosa e implacable del trabajo gratuito de millones
de esclavos".
No obstante, los siervos tenían más suerte que los indígenas,
opina Solzhenitsin. El terrateniente les inflingía castigos que
no le supusieran prejuicio. Si mataba a sus esclavos perdía dinero
y días de trabajo. En el Gulag reemplazarlos era gratis.
La expansión
Solzhenitsin compara la multiplicación de campos con una metástasis.
Crecieron hasta alcanzar dimensiones que aún hoy son de difícil
cuantificación. No lograban autofinanciarse y la falta de recursos
hizo que en 1938 se diera la instrucción secreta de reducir el
número de presos. Las raciones de comida disminuyeron y el trabajo
y los castigos aumentaron. Se anularon los escasos días libres
y se obligó a trabajar más allá de los cincuenta
grados bajo cero. Como los presos seguían siendo "demasiados",
empezaron los fusilamientos masivos.
Los cadáveres
"Al final de la jornada la obra queda sembrada de cadáveres.
La nieve cubre levemente sus rostros. Uno se ha acurrucado bajo una carretilla
volcada, escondiendo las manos en las mangas, y en esa postura se ha congelado
(...)", escribió D.P. Vitkovski, un recluso de Solovkí,
citado por Solzhenitsin. Según Vitkovski, "en verano los huesos
de los cadáveres que no habían sido recogidos a tiempo pasaban
a la hormigonera junto con los cantos rodados.
Las mujeres
En los lager mixtos los presos y las presas solían "subcasarse".
Una compañera en el campo "es lo mejor de todo". "Nunca
antes la habías conocido ni habías puesto un pie en su tierra,
ni ella habla del mismo que los de la tuya. Ella tiene hijos en el exterior
que van creciendo, igual que los tuyos. Ella ha dejado atrás un
marido que va con otras mujeres, y tú has dejado una esposa".
Pero no todas las mujeres eran amadas por sus compañeros. A menudo
eran envidiadas e incluso odiadas, porque podían obtener mayores
raciones si complacían a los guardias. Estos las seleccionaban
nada más llegar a los campos y después las rondaban con
más o menos insistencia hasta lograr su objetivo. Algunas de ellas
conseguían de este modo convertirse en "enchufadas" que
ocupaban mejores puestos. Otras se ligaban a un hombre sólo para
evitar el acoso del resto.
Los embarazos también estuvieron al orden del día hasta
que las normas se endurecieron. Los recién nacidos eran separados
de sus madres en cuanto dejaban de mamar. Algunas se quedaban preñadas
sólo para ser admitidas temporalmente en las "casas de bebés"
y así ver a sus hijos mayores durante unas semanas.
Enchufados y chivatos
Según una estadística oficial de 1933, "un veintidós
por ciento del número total de indígenas se ocupaba del
servicio de los lugares de privación de libertad", recuerda
Solzhenitsin. Estos "enchufados" gozaban de privilegios y sus
condiciones de vida eran infinitamente mejores que las de sus compañeros.
El autor de "Archipiélago Gulag" admite haber sido uno
de ellos durante una parte de su cautiverio. "Los enchufados constituyen
una parte considerable de los que sobrevivieron y de los que alcanzaron
la libertad". Entre los presos políticos, constituyen el 90%
de los supervivientes. Los que no se doblegaban murieron casi en su totalidad.
Los chivatos merecen especial atención por parte de Solzhenitsin,
quien se queja de que la novela policiaca de su país nunca ha tratado
el tema del reclutamiento de delatores. El conoció estos procedimientos
de primera mano, ya que intentaron convertirle en uno de ellos en el Gulag.
Todo solía comenzar con la pregunta: "¿Es usted un
buen soviético? Si es así, debe ayudarnos".
Los escritores
Solzhenitsin también muestra su repulsa por el escritor Maxim
Gorki, quien después de visitar un campo en 1929 se deshizo en
alabanzas "sobre la asombrosa energía de aquellos hombres",
ignorando al muchacho de catorce años que le preguntó si
quería que le contara "la verdad". Gorki contestó
que sí y el adolescente le explicó durante hora y media
cómo les obligaban a dormir en la nieve, entre otras torturas.
El autor de La madre hizo oídos sordos y el joven fue
asesinado poco después.
En la obra colectiva El canal "Stalin" del mar Blanco
al mar Báltico, Gorki y el resto de escritores se dedican
a loar la construcción del dictador y silencian las muertes de
los trabajadores. Según ellos, nadie falleció durante la
construcción. Su manera de probarlo es decir que "cien mil
hombres empezaron el canal y cien mil lo terminaron. Por lo tanto, todos
están vivos. Sólo omiten los traslados de prisioneros, tragados
por la construcción en dos crudos inviernos".
Las ventajas del Gulag
"Los campos estaban calculados y orientados para el envilecimiento",
asegura Solzhenitsin. En una prisión cada reo recibe su porción
de comida. En el Gulag, a menudo se hacía competir a los presidiarios
por un trozo de pan insuficiente para tres personas. Aun así, algunos
lograron sacar lo mejor de sí mismos y protagonizaron hechos heroicos.
"En la embriaguez de mis éxitos juveniles me sentía
infalible, y por ello fui cruel. En mi exceso de poder, fui homicida y
violador. En mis momentos peores, armado con mis mejores argumentos, estaba
convencido de actuar bien", se confiesa. En el Gulag también
aprendió que "la mentira de todas las revoluciones de la historia
es que se limitan a destruir a los agentes del mal que les son contemporáneos,
pero el mal mismo, sólo que aumentado, lo reciben como herencia".
La URSS acabó con el zar, pero no con los esclavos".
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LA VERGUENZA DE UNA COMUNISTA
"Sólo
se dio cuenta de que las cosas no iban bien cuando empezaron a meter
en la cárcel a los comunistas. En cambio, cuando se exterminaba
a los campesinos rusos, todo le parecía perfectamente normal",
dijo el redactor jefe de Novy Mir al leer El
vértigo (Galaxia Gutenberg), las memorias de Evgenia
Ginzbug (1906-1977).
Esta destacada comunista consideró "injusto" el comentario
Su autobiografía constituye un mea culpa constante. Ginzburg,
periodista y profesora en la Universidad de Kazan, falleció sin
perdonarse por haber vivido ajena a la represión que siguió
al asesinato en 1934 del secretario general del PCUS.
"Los efectos de una educación demagógica y el hechizo
místico de las consignas del Partido" le hicieron negar
aquella maquinaria de terror incluso después de convertirse en
una de sus víctimas en 1937. Como muchos de sus conocidos, Ginzburg
fue primero apartada de su trabajo sin razón aparente y luego
acusada de enemiga del socialismo, trotskista de derechas y cómplice
de terrorismo.
Leninista convencida, Ginzburg fue separada de su marido y de sus hijos
y encerrada durante meses en una celda donde apenas si podía
dar "cinco por tres" pasos. Años después seguía
creyendo que todas aquellas detenciones formaban parte de una cadena
de errores que pronto serían solventados por los verdaderos comunistas.
Ginzburg pasó dieciocho años en el Gulag talando árboles
a 49º bajo cero, viendo cómo los guardias abusaban de sus
camaradas presas y cuidando de niños que morían sin que
nadie les hubiera enseñado a hablar. Aun así, siempre
consideró que la pena no fue suficiente para castigar su lealtad
a los dirigentes que provocaron tanto horror.
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EN IMÁGENES
El periodista polaco Tomasz
Kizny (1958) ha recopilado durante quince años más
de 550 imágenes del GULAG, cedidas por prisioneros y administradores
de los campos. Las fotografías demuestran que el Gulag y el Holocausto
tienen muchas similitudes, a pesar de que Occidente ha evitado este
tipo de comparación por temor a reconocer que fue aliada de un
régimen que causó muchas más muertes que el nazismo.
Las declaraciones de los supervivientes y los documentos oficiales recogidos
por Kizny suplen este vacío. Aunque sólo parcialmente,
ya que las autoridades soviéticas impidieron la existencia de
imágenes de los exterminios.
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LA HERENCIA DE LA URSS
"La
Rusia actual es hija de la URSS", concluye el historiador británico
Robert Service en Rusia,
experimento con un pueblo
(Siglo XXI). Según este biógrafo de Lenin y Stalin,
la situación que se vive en la Federación Rusa independiente
tiene muchos puntos en común con lo que sucedía en los
tiempos de la Unión Soviética.
Así, las profundas desigualdades entre las clases trabajadoras
y los "nuevos ricos" no son un fenómeno nuevo para
los rusos. Service recuerda que "el salario mensual de Leonid Brézhnev
ascendía a 800 rublos, ni siquiera tres veces superior a los
ingresos de un conductor de tranvía. Pero los beneficios extraoficiales
eran enormes. Los miembros del Politburó tenían chóferes
personales y servicio doméstico" y, entre otros, disponían
de mansiones exclusivas, tenían acceso a tiendas secretas y podían
viajar al extranjero.
Tal vez por eso los rusos ven con malos ojos que algunos de sus vecinos
se enriquezcan con métodos ilegales, pero tampoco aprueban que
los bienes conseguidos de este modo puedan ser expropiados. Al menos
eso era lo que explicaban en una encuesta recogida por Service. El autor
comenta muchas otras que le ayudan a describir la "confusión"
que, según él, vive en la actualidad el pueblo ruso, desgastado
por la guerra, la pobreza, el aumento de la delincuencia e incluso de
la brujería.
Las estadísticas también le sirven para acabar con algunos
mitos como el de la presunta igualdad de la mujer durante el período
soviético. Para empezar, la prostitución siempre existió
en la URSS, aunque no fuera visible en sus calles. "En realidad,
los hombres vivían a costa de sus mujeres. Se emborrachaban.
Muchos de ellos golpeaban a sus esposas. Daban por supuesto que si se
producía un embarazo inesperado y no deseado, la mujer debía
someterse a un aborto". Los hombres también recibían
tratamiento preferencial a la hora de ser promocionados en el trabajo.
La URSS dejó de existir oficialmente el 31 de diciembre de 1991.
Boris Yeltsin decidió desmantelarla sin consultar a los ciudadanos.
Esta falta de legitimidad ha contribuido a aumentar la añoranza
de los rusos, que echan de menos el relativo bienestar del que disfrutaban
durante las décadas pasadas. En 1995, el 74% de los habitantes
de la Federación Rusa "negaban que la independencia del
Estado ruso fuera algo positivo. Recordaban a la URSS con cariño".
La "nostalgia" por un estado fuerte también se explica
por el miedo a las represalias que pudieran sufrir los 25 millones de
rusos que viven en otras repúblicas. Entre ellos, Chechenia,
donde se vive una guerra para la que no estaba preparada la sociedad
que sobrevivió al Gulag.
Service dedica buena parte de su obra a analizar las repercusiones
de la política de Yeltsin. Incluso estudia su cuidadoso lenguaje
de "transición", el modo en que empezó a hablar
de "trabajo asalariado" en lugar de "clase trabajadora".
Sin embargo, se abstuvo de emplear el controvertido término "capitalismo"
y optó por hablar de las bonanzas del "mercado libre".
Otros países como la antigua Checoslovaquia o Polonia tuvieron
menos reparos a la hora de celebrar el fin del comunismo. Para ellos,
siempre fue una imposición, señala Service. Esta diferencia
explica que en la República Democrática de Alemania se
llegara a juzgar a Erich Honecker, su ex presidente. En cambio, en la
Federación Rusa no hubo purgas, destaca Service. Por el contrario,
algunos de los antiguos represores siguieron cómodamente instalados
en el poder. Putin, antiguo dirigente del KGB, es un buen ejemplo.
Putin, peor que el comunismo
Precisamente, La Rusia de Putin (Debate) es la nueva obra
de Anna Politkovskaya. En esta ocasión, la autora de Terror
en Chechenia se centra en describir las prácticas totalitarias
de su presidente y sus consecuencias para la sociedad y la vida cotidiana
de sus compatriotas. "El comunismo fue algo terrible para Rusia,
pero lo que tenemos ahora es todavía peor", escribe.
La periodista de la Novaya Gazeta denuncia el oscurantismo en torno
a la acción terrorista de la escuela de Beslán y el modo
en que Putin se ha valido de la conmoción general para aprobar,
entre otros, una ley por la cual "él mismo se ocupará
de presentar las candidaturas a los puestos de gobernadores y los parlamentos
locales se limitarán a ratificarlas, sin espacio alguno para
la alternativa".
¿Cuál es la situación a la que se enfrenta Rusia
después de Beslán?, se pregunta Politkovskaya. "El
país que fue ya domesticado con rotundo éxito por las
mentiras sobre el teatro Dubrovka, no exige una investigación
judicial sobre Beslán". Según la periodista, se le
ha concedido al gobierno la oportunidad de "aplastar" una
vez más la voluntad popular. Desencantada por la apatía
de sus conciudadanos, les anima a actuar porque "volver a esperar
que el deshielo venga desde el Kremlin, como en la época de Gorbachov,
es ahora estúpido y estéril. Y tampoco Occidente nos ayudará".
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