![]() ![]() ![]() |
|
HOGARES UNIPERSONALES Barcelona, como cualquier gran ciudad europea, asiste a un fenómeno que pasa prácticamente inadvertido: el rápido crecimiento de los hogares unipersonales. Miles de personas que viven solas -jóvenes y mayores- ven cómo las dificultades que ofrece la vida diaria se acrecentan ante la ausencia de una cultura de "la soledad". Publicado en:
La Vanguardia, 25 de mayo de 2003
Acceder a la noticia (Requiere ser suscriptor a la edición on-line de La Vanguardia) Magda Bandera | 25-05-03 Las cifras corroboran la tendencia. Según el Institut d'Estadística de Catalunya (Inescat), en el año 2010 el 23% de los hogares catalanes estarán habitados por una sola persona. En Barcelona, este porcentaje ya había sido superado en el año 1996, y desde entonces no ha dejado de crecer. El fenómeno es habitual en las grandes ciudades del norte de Europa: "En París, el 40% de los hogares son unipersonales", destaca el sociólogo Jordi Busquet. Pese a los últimos cambios sociales, el colectivo más numeroso entre los 134.050 ciudadanos que en 1996 vivían solos en Barcelona es el de las personas de más de 65 años. En su mayoría son viudas. El aumento de la esperanza de vida ha hecho que cada vez haya más personas mayores viviendo solas. Las mujeres, casadas tradicionalmente con hombres mayores que ellas, enviudan a edades en las que ya no se plantean buscar nueva pareja y acaban asumiendo la vida en solitario. A medida que pasan los años, al sentimiento de soledad se le añade la pérdida de facultades, que hace que las pequeñas tareas se conviertan en verdaderas proezas. Trabajadores familiaresPor ello, también aumenta la demanda de trabajadores familiares, que acuden a los domicilios de los mayores para ayudarlos a cocinar, limpiar o comprar. Además de necesitar a un asistente que les acompañe al médico o que desempeñe este tipo de trabajos, "es imprescindible que las personas mayores que viven solas cuenten con alguien con quien conversar para amortiguar el sentimiento de soledad", explica Eva Calera, coordinadora técnica de la asociación Amics de la Gent Gran. La entidad, que pide nuevos voluntarios para poder atender a más personas, ofrece un servicio semanal de acompañamiento a domicilio. "Asistimos a gente a partir de los 65 años, pero nuestros usuarios tienen una media de 82", añade. A esa edad tienen problemas de movilidad y pasan el tiempo encerrados en casa, "ya que muchos tienen que desplazarse en sillas de ruedas o viven en pisos altos sin ascensor". Este tipo de pisos son los más baratos del mercado. Comprar uno nuevo a menos altura o hacer las reformas necesarias para asegurar su movilidad es un sueño para buena parte de los jubilados. "Una mujer que sólo cobra la pensión de viudedad tiene lo justo para vivir", asegura Dolores Solís, de 68 años, quien admite que después de pagar la contribución, el teléfono y el agua, anda bastante "apretada". No obstante, Solís asegura disfrutar de su soledad. "Las mujeres la llevamos mejor que los hombres. Ellos salen a buscar pareja en seguida. Yo no me cierro las puertas, pero por ahora estoy bien. Tengo mi espacio, una habitación propia, como decía Virginia Wolf. Y creo que eso es importante. Cuando vivía mi marido nunca me ponía a escribir en el comedor porque él estaba viendo la tele, pero ahora me organizo donde me apetece", añade esta representante del Consell de la Gent Gran de Barcelona. Como Solís, Conchín Para, directora de Impar, la revista dedicada a las "personas libres", también cree que las administraciones y el sector de la construcción siguen sin adaptarse a las nuevas circunstancias: "Sólo muy recientemente el mercado empieza a tomar conciencia de que los mayores consumidores de pisos han dejado de ser las familias. Ahora los principales demandantes son los inmigrantes y los divorciados. Basta recordar un dato: en España hay 545 bodas y 245 aspiraciones diarias. Cada matrimonio que se rompe supone, al menos, una persona que busca un nuevo hogar". Los pisos concebidos para una sola persona son escasos y caros. "Para empezar, el mundo está pensado para dos salarios. Después sucede que cuando la gente se separa suele irse de alquiler y no se decide a comprar por cuestiones legales hasta pasado un tiempo. Mientras, quien tiene poder adquisitivo puede vivir en un aparthotel, pero el separado medio no se lo puede permitir. Entonces descubre que los pisos de alquiler están muy mal amueblados, porque se destinan sobre todo a estudiantes. En un momento en que la persona se siente deprimida porque ha tenido que dejar su hogar, resulta muy desagradable llegar a un piso donde los platos están descascarillados y hay que comprar de todo, incluida la batidora", afirma la directora de Impar. Cristina González, de 32 años, dice seguir sin recuperarse económicamente desde que adquirió un apartamento de 40 metros cuadrados y se gastó los ahorros en amueblarlo. Esta contable pertenece a una minoría. Sólo el 4% de los hogares unipersonales barceloneses están habitados por mujeres menores de 35 años. Entre los hombres, el porcentaje rebasa el 10,5%. Además de las razones culturales -"a mis padres les da pena que viva sola y siempre que me visitan se van tristes", dice González-, el principal motivo por el que los jóvenes no pueden emanciparse en solitario es el precio de los pisos. El Consejo Económico y Social calcula que un joven tiene que destinar todo su salario bruto durante diez años para pagar una vivienda media. En el caso de las mujeres, el problema se acentúa porque sus sueldos son inferiores. Pese a todo, otros colectivos consideran que el problema de vivienda de los jóvenes está, como mínimo, presente en la agenda política. "Pero los políticos son insensibles al problema de los separados y las familias monoparentales", reivindica Manolo Márquez, miembro de la Associació Mixta de Separats de Catalunya. Este mayorista de 56 años remarca que en la última campaña electoral no ha oído una sola palabra al respecto. Salvador Soler comparte su opinión: "Los jóvenes tienen dificultades para asumir una vivienda, pero los separados tampoco pueden costearse los 540 euros que cuesta el alquiler de un apartamento de 35 metros cuadrados en Barcelona. Del mismo modo, al hablar de soledad, las administraciones siempre se refieren a las personas mayores, cuando lo cierto es que hay gente de todas las edades que padece este sentimiento y que no tiene ningún tipo de asistencia". Para paliar este mal "generalizado", Soler creó hace once años la Associació de Separats i Centre Social de Suport a Gent amb Soledat. Su entidad recibe una media de 14.000 llamadas anuales, muchas de ellas derivadas del Teléfono de la Esperanza. "La sociedad sigue sin tomar conciencia de la dimensión del problema de la soledad. Cuando se suicida un joven nadie se plantea que pueda haberlo hecho porque se sentía solo; se buscan otros motivos", argumenta Soler. Este psicólogo social denuncia la desprotección de "quien no puede pagarse un terapeuta para sentirse mejor. Como es el caso de alguien que acaba de separarse y está afrontando los gastos del abogado y de la nueva vivienda. O las amas de casa que se angustian sin saber si les van a pasar la pensión y se ven solas afrontando una nueva vida". "En ocasiones, el piso puede convertirse en una tortura -asegura la psicóloga Carmen Molina-. Todo depende de la persona que haya tomado la decisión de la separación. Si ésta ha sido impuesta, la persona que se queda en el antiguo hogar puede ver cómo aquel ambiente familiar se le hace insoportable." Mantenerse activosMuchas de las personas solitarias son, según Busquet, las que tienen una agenda más activa: "Desarrollan mecanismos de compensación y cuentan con otros espacios para comunicarse con los demás". Los actuales célibes son raramente calificados de "solterones". En algunos casos, incluso está bien valorada su independencia. "Algunas de mis amigas, que viven en pareja, me ven como una heroína", dice Cristina. Sin embargo, a veces también ella echa de menos a alguien esperándola en el sofá para contarle qué tal ha ido el día. Con todo, la soledad es menor en España comparada con otros lugares, "porque en los países mediterráneos la familia y el círculo de amigos sigue siendo muy importante", añade Busquet. En cambio, las relaciones vecinales empiezan a ser tan poco frecuentes como los pucheros. "Si estás trabajando y no hay nadie en casa, siempre es un lío recoger una carta certificada o abrirle al técnico del gas. No puedes contar con nadie", señala Berenguer Vidal, de 30 años. También está la cuestión del bricolaje. Para las chapuzas, Cristina recurre a sus amigos varones. "A veces, te sientes muy indefensa. Aún recuerdo el día en que volví a casa por la noche y me la encontré inundada", agrega. En aquella ocasión, su familia corrió a ayudarla tras recibir su llamada. El teléfono -y en muchos casos la conexión a Internet- es indispensable para el solitario y, consecuentemente, uno de sus principales gastos. El problema es que las cuotas mínimas son idénticas para impares y colectivos, como lo son las de la electricidad y el agua. "Creo que no es justo", protesta Anna Sancho, de 30 años, quien admite depender del teléfono para sobrevivir. "Y no es sólo vicio. También es una medida de seguridad para avisar si me pasa algo. Soy muy independiente, pero también hipocondriaca." Otra cuestión que preocupa a buena parte de los solitarios es su nevera. Difícil acertar con las cantidades. Lo mismo está vacía que abarrotada de productos caducados. Los célibes acostumbran a tener dificultades para organizar sus compras. Para hacerlas se escapan a mediodía o, como Vidal, optan por las salidas nocturnas "al Vips o al colmadito de la esquina que abre hasta medianoche". |