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ARGENTINOS
Desde la amargura y la distancia

Argentina celebra hoy elecciones para designar a su presidente mientras una parte de su ciudadanía ha abandonado el país para mejorar su situación económica y social. La comunidad argentina en Catalunya constata que Europa no es el paraíso que esperaba encontrar aunque paulatinamente va prosperando al tiempo que intenta legalizar su situación.

Publicado en: La Vanguardia, 27 de abril de 2003

Magda Bandera | 27-04-03
Recuerdas cuando se te incendió el taller?”, le pregunta la Yoly a su marido. En aquella ocasión todo el vecindario corrió a ayudarle porque era el Negro. Si hubiera emigrado, si hubiera salido del barrio bonaerense de Lanús, no habría contado con el mismo apoyo, “porque no sería nadie, no sería el Negro”.

La conversación entre la Yoly y el Negro pertenece a la obra teatral Made in Argentina, estrenada esta semana en Barcelona. El actor que interpreta al Negro, Víctor Laplace, asegura que pocas piezas reflejan tan bien la situación social que vive su país y la crisis de identidad que atraviesa buena parte de sus habitantes. Tanto es así, que el millón de espectadores que ya ha visto la obra en su país “no deja de reír mientras llora” al reconocerse en los diferentes puntos de vista de sus cuatro protagonistas, una pareja que emigró a Estados Unidos y otra que prefirió quedarse.

La obra, que fue escrita en 1984, trata sobre el desarraigo que experimentaron quienes se exiliaron por motivos políticos a causa de la dictadura militar. En los últimos meses se han incluido algunas frases que la actualizan. “Pero no demasiadas, porque el sentimiento descrito es muy parecido al que sufren quienes se están exiliando por motivos económicos”, compara Laplace.

“Hace años que se ven colas de argentinos en las embajadas para intentar irse. Muchos de ellos regresan poco después porque el desarraigo es muy grande. Les sucede lo que al Negro. En todo caso, también son muchos los que deciden quedarse y resistir”, añade el artista.

Hugo Arana, su compañero de reparto, durante la gira ha estado filmando a todos esos argentinos “que resisten” a lo largo y ancho de un país que sus ciudadanos coinciden en calificar de “bellísimo”, “riquísimo” y “vendido”.

"No queda nada por vender"

Este último adjetivo resulta especialmente hiriente para los argentinos que han emigrado y que empiezan a perder la esperanza de que el país pueda “normalizarse”. “Los españoles nos preguntan sorprendidos por lo que sucedió en Argentina. No pueden entender que un país tan rico se vea en esta situación. Sólo podemos comprenderlo nosotros, porque llevamos años viendo cómo se iba vendiendo todo a las multinacionales norteamericanas y españolas. Y ahora ya no nos queda nada”, explica Alejandro Gallo, un bonaerense de 38 años que trabajaba en la jefatura del metro hasta que redujeron personal.

Desde hace cinco meses, Gallo es camarero en un restaurante de Sitges. Entre semana se le puede ver con otros compatriotas en el restaurante El Racó de l'Argentí, de Vilanova i la Geltrú. Allí se “calientan la cabeza unos a otros” y departen tardes enteras.

La característica labia de los argentinos es vital para sobrevivir en su país, asegura Jorge Runnacles, uno de los cuatro propietarios del bar El Sifó, situado en el Raval barcelonés. “La hemos desarrollado para negociar y enfrentarnos a la corrupción. El amiguismo es una práctica habitual en nuestra sociedad a todos los niveles”, se lamenta.

“En Argentina –agrega– se farandulizó la corrupción. El programa Caiga quien caiga, un invento argentino, es un buen ejemplo. Lo que pasaba en el país era tan grande que empezamos a reírnos de ello. Pero después de diez años tendríamos que haber hecho algo más que reírnos del problema, deberíamos haberlo solucionado.”

La autocrítica es frecuente entre un colectivo que se confiesa “desconcertado”. “En Argentina siempre hubo crisis. Primero fueron los militares, después sufrimos la hiperinflación de Alfonsín y luego vino Menem... El corralito significa, simplemente, que hemos tocado fondo”, concluye Leonardo Cabrera, de 28 años.

“El primer sentimiento ante el corralito fue de rabia, pero después vino una tristeza tremenda, a la que le siguió una reacción de orgullo. Algunos decidieron que de sus casas no les iba a echar nadie”, destaca Laplace.

Muchos no pudieron evitarlo, asegura Rita Peralta. Esta óptica, que llegó a Barcelona hace dos años y medio, denuncia que ésa es exactamente la sensación que tuvo cuando dejó su país. “Nos obligan a irnos porque allí sobrevives, pero no vives. Sabes que tienes asegurado un techo, un plato y tu gente, pero nada más. Cuando ves cómo está el país, reniegas y buscas al responsable. Acusas al Gobierno que no supo administrar el Estado, pero no sabes a quién culpar. Es como cuando hablas de Carlos Menem y preguntas quién le votó. Nadie lo hizo”.

Ahora, la posibilidad de que Menem pueda a volver a dirigir Argentina, despierta la indignación de la mayoría de los entrevistados, que desconfían de que las elecciones presidenciales sirvan para mejorar la situación.

Peor que antes

Aunque dice no entender de política, la cocinera Pauli Domínguez, de 29 años, también se muestra escéptica sobre el futuro: “Yo no he vivido lo peor, pero me van contando. Mis antiguos compañeros me explican que sus sueldos son tres veces más bajos que cuando yo me fui. Mi papá es el más optimista y cuando hablamos por teléfono me anima asegurádome que hay cierta reactivación económica, pero mi mamá se pone en el otro aparato y me dice que no me crea nada”.

Pauli, que lleva dos años residiendo en Barcelona, también se muestra positiva: “Ahora ya sí, pero lo he pasado muy mal. Aquí las cosas no son nada fáciles. Durante una temporada no me moví del sofá, desesperada, sin encontrar trabajo”. Hasta colocarse en un restaurante hizo de todo, desde bailar en discotecas, hasta cuidar niños. En el último mes ha empezado a preparar y vender tartas para redondear el sueldo.

El sector de la hostelería es el que ocupa a más argentinos y prácticamente la única opción para quienes no tienen los papeles en regla. Legalizar su situación es el gran problema, denuncia Johanna Gottlieb, estudiante de Educación Social en la Universitat de Barcelona.

Johanna no tiene esta preocupación, porque su madre tuvo una especie de “intuición divina” y hace años le gestionó la nacionalidad alemana. La misma “suerte” tiene Alejandro Pignato, quien a los 30 años decidió nacionalizarse italiano para homenajear a su abuelo: “Era una forma de reconocerle al viejo Giuseppe su sacrificio”.

Ese acto, que califica de romántico, le ha ahorrado todos los rompecabezas legales que tienen ahora muchos de sus antiguos vecinos, que nunca imaginaron que deberían emigrar y que ahora se encuentran con que “la madre patria” no les recibe con los brazos abiertos.

Pignato, por ejemplo, trabaja como recepcionista, a pesar de contar con dos carreras universitarias, la de Psicología y la de Filología francesa. “Después de veinte años enseñando en la Universidad de Buenos Aires, sirvo desayunos, pero encaro las cosas con humildad. Al que dice que no piensa hacer según qué cosas, le aconsejo que haga memoria, porque seguro que sus abuelos emigraron a Argentina hace décadas y trabajaron de sol a sol. Pero claro que es duro. Personalmente, como psicólogo, aquí no tengo futuro.”

Según este admirador de Freud, que recuerda lo triste que fue desmontar su consulta y vender sus muebles, en España la gente presume de no ir al psicólogo. “Y se nota”, ironiza.

También Johanna señala que los españoles necesitan reflexionar sobre su modelo de vida: “El consumismo es tremendo y la precariedad y el nivel de endeudamiento me recuerdan a los de mi país hace dos años. Cuando llegué a Barcelona estaba muy contenta, pero ahora me estoy planteando irme a otro lugar –aunque no a Argentina–. El coste de la vida ha subido demasiado”.

Sobrevivir en el paraíso

Esa es otra de las razones por las que muchos argentinos regresan. Cuando descuentan los gastos de alquiler y manutención apenas si les queda nada para mandar a sus familias en Argentina. Gallo es uno de ellos. “Hay mucha gente que querría emigrar a Europa; piensa que esto es el paraíso. Si no vienen es porque no pueden costearse el pasaje. Yo, cuando telefoneo a los míos, prefiero decirles la verdad. Ciertamente, aquí hay más posibilidades, pero para sobrevivir a duras penas prefiero estar con los míos y aguantar juntos.”

“En el fondo, el principal problema del argentino que viene a España es que no tiene conciencia de que es emigrante hasta que de repente se encuentra con el problema de los papeles”, explica Jorge, quien tiene la ciudadanía española desde hace años.

Para Pablo, su socio en El Sifó, es difícil asumir que, pese a la emigración española a Argentina y los vínculos culturales, “no eres distinto a un emigrante subsahariano a no ser que seas futbolista”.

“Si no tienes papeles, nunca estás tranquilo”, explica un compatriota suyo que no consigue legalizar su situación. “Al menos nosotros pasamos inadvertidos por la calle, tenemos genética española. Cuando voy con un amigo marroquí la cosa se complica.”

 

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