Los hispanistas Julio Ortega y Ana González Tornero me sorprendieron
hace unos meses al pedirme unos textos para una compilación de
voces de jóvenes narradores barceloneses que escriben esencialmente
en castellano. El volumen, que se ha presentado en la Feria
Internacional del Libro en Guadalajara (México), se titula
Extramares y reúne también obras de Eloy Fernández-Porta,
Robert Juan-Cantavella, Miquel Bota y Jorge Carrión. Publicada
por la editorial mexicana Jorale,
la solapa de Extramares dice los siguiente:
Son
cinco narradores que pudieran ser más, pero no se trata de una
antología, sino de una apuesta.
Eloy Fernández-Porta es quien mejor prolonga,
en la prosa española nueva, los avances del relato auto-referencial,
porque busca recrear el texto, rehacer la narración, convertir
a la lectura en el diccionario de lo nuevo; y para mayor intriga, ese
catálogo se despliega en el humor de un texto sin tregua.
Robert Juan-Cantavella, por su parte, es autor de
una audaz novela de novelas, diagramática y performativa, hecha
con la fuerza pasional de las asociaciones felices, entre personajes
y situaciones que desmontan la comedia del relato para revelar su centro:
la saga pródiga y simétrica de imaginar.
Magda Bandera desde el periodismo analítico
puso en práctica un desborde genérico notable por la inmediatez
de sus voces y personajes, comunicando espacios extranjeros pero próximos,
apropiados por la atención del afecto y la temporalidad de la
voz; sus relatos van del reportaje a la ficción, como dos caras
del mismo lenguaje, contaminándonos de su fuerza veraz, allí
donde los personajes se buscan para nombrarse.
Miquel Bota, que publica aquí por primera vez,
se demora en el proceso indagatorio de la experiencia catalana, y lo
hace desde la biografía de su propia voz; estas primeras pruebas
de su dedicación cristalizan visiones del mundo en transición.
Jorge Carrión, en cambio, ha preferido ensayar el relato de
viaje, el ensayo de interpretación y el testimonio de la subjetividad,
imbricados en la crónica de los lugares y la temperatura de la
sensibilidad; su registro reverbera, salvado de la desventura cotidiana
por la belleza insólita de lo actual