El
síndrome de mi Estocolmo
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EL "DANCING QUEEN"
EL CÍRCULO
POLAR ÁRTICO
CAMINO
DE CABO NORTE
KUOPIO
OSLO
Estuve viajando por Escandinavia todo el mes de septiembre de 1998. Allí
me reconcilié con el profesor de ciencias naturales que nos torturaba
para que creyéramos que en el norte de los nortes el sol nunca
se pone. Entre los fríos y los musgos de la mítica Laponia,
descubrí que la tundra puede ser algo tan cotidiano como un olivar
y los renos tan comunes como las lagartijas.
Han pasado varios años desde aquel primer contacto y cada vez
que visito esas latitudes disfruto al comprobar que casi nada ha cambiado,
ni siquiera los precios, que sólo se escriben en euros en Finlandia.
El "Dancing Queen"
(...) El barco era nuevo, pero la decoración recordaba a los
cines decadentes, con las alfombras rojas aterciopeladas y un brillo
añejo en las barandas de las escaleras. Olía a pastilla
de jabón barata. Junto a las ventanas había mesas y encima
de ellas, copas. No había ni una sola que no tuviera los tonos
dulzones del alcohol.
Cuando la megafonía anunció que el supermercado estaba
a putno de abrir, se formó una cola enorme delante de sus puertas.
Más de la mitad del pasaje estaba allí. Esperaban ordenadamente,
pero transmitían una sensación de impaciencia más
propia de quien canjea cupones de racionamiento. Las profilácticas
botellas de Absolut Vodka brillaban en las estanterías como perfumes
franceses. Los cigarrillos y las cajas de cerveza lapona, la Lapin Kulta,
volaban hacia los camarotes. Muchas de ellas no llegaron a tierra. En
los compartimentos se organizaban pequeñas fiestas y en los vestíbulos,
entre planta y planta, se sentaban quienes ya habían pasado por
el lavabo. Era desconcertante ver cómo en apenas cuatro horas
todos aquellos civilizados rubiales se habían convertido en adolescentes
que no sabían beber.
El motivo por el que los nórdicos suelen desplomarse en el suelo
con mayor frecuencia que los latinos se debe a que ellos no comen nada
entre copa y copa, mientras que en el Sur las tapas y los picoteos sirven
de amortiguadores para los estómagos. Me lo explicaron dos señoras
en uno de los restaurantes del Dancing Queen. Ellas también eran
dos reinas bailonas, que se zamparon dos galletitas light en un santiamén,
para después empinar el codo exactamente tres veces: una para
tragarse un chupito de vodka; otra para aspirar un vaso de tequila;
la tercera para brindar con aguardiente de cerezas. Cada vez que bajaban
los codos, los utilizaban para charlar por ellos. Por supuesto, era
imposible entender una sola palabra de lo que decían, sólo
se oían vocales y más vocales. Pero aquellas esponjas
con faldas de pliegues y bolsos color beige no perdían la compostura.
En medio de su sobredosis se pusieron a examinar la ruta del ferry,
que venía dibujada e las bandejas del self-service. La comentaban
concienzudamente, con ademanes de marinero, y aún acertaron a
hablarme en perfecto inglés sobre Alvar Aalto, el principal arquitecto
finlandés de este siglo. Habían visto uno de mis folletos
encima de la mesa y me recomendaron una exposición con motivo
del centenario de su nacimiento. "En 1998 Finlandia celebra dos
grandes cosas -dijeron-, nuestros 80 años de independencia y
el año Aalto".
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El Círculo Polar Ártico
El paisaje se vuelve perezoso entre Kuopio y Rovaniemi, sólo
sabe inventar bosques. Ni siquiera ensaya una montaña. El trayecto
hacia "la puerta de Laponia" es otra gran farera por un túnel
de hojas oscuras. Tan sólo unos kilómetros antes de alcanzar
Rovaniemi, los árboles disminuyen su tamaño y un llano
de líquenes y musgos rojizos anuncia la cercana tundra. A medida
que oscurece, los cristales devuelven la imagen de los pasajeros, perfiles
que sus dueños desconocen. En los trenes son los espejos los
que miran de reojo, vigilan los rostros que en las ventanillas se atreven
a pensar cosas que nunca llegan a las estaciones (...).
Cuando Eleanor Roosevelt visitó Rovaniemi en 1950, las autoridades
del lugar quisieron agasajarla con el privilegio de dormir sobre la
línea que delimita el legendario Círculo Polar Ártico
y mandaron construir una cabaña que supuestamente estaba emplazada
sobre este punto exacto. Aquella casita era un romántico fraude.
El Círculo Polar no es una raya blanca tatuada en el suelo por
siempre jamás, sino algo mucho más esquivo y caprichoso.
Este trazo imaginario alrededor del Polo Norte abarca el área
desde la que puede contemplarse el sol de medianoche. Pero ese territorio
no es fijo, se encoge más o menos según la inclinación
elíptica de la Tierra en relación con el sol. Las variaciones
son continuas, puesto que el movimiento de traslación también
lo es, de manera que la línea se desplaza cada día unos
metros. En la práctica, se ha intentado simplificar el concepto
acordando unos límites estables y el Círculo Polar comienza
a partir del paralelo 66, próximo a las ciudades de Rovaniemi
en Finlandia, Jokkmokk en Suecia y Mo i Rana en Noruega.
En cualquier caso, muchos siguen celebrando que "pisan" el
Círculo Polar en la vieja cabaña de la señora Roosevelt.
Consuela saber que, al menos, su parcela fue atravesada por él
en el año 1887. Sin embargo, en 1997 ya se situaba 2.200 metros
más al norte".
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Camino de Cabo Norte
El mundo tiene más muertes que los gatos y le gusta esperarlas
vestido de azul. El mar le inventa miles de finisterres que aparecen
por sorpresa al final de una carretera desierta. Cuando se llega a una
de esas fronteras, hay que esconder las ruedas para que no chirríen
en los ojos. Después hay que echarse a andar. No hay mejor aire,
no hay mejor frío ni mejor silencio que el que modela espumas
en el fin del mundo.
Joaquín Sabina resucita cada disco en un finisterre canario,
en la isla de Hierro. No es el único, las guías aseguran
que ese hotel que desafía el océano sobre un enorme acantilado
es el más pequeño de Europa. Desde que leí que
en esa miniatura una cocinera italiana vela el "dente" de
la pasta, asocio la felicidad con el mar y el pan de ajo.
En el Motell Repvag sólo faltó el ajo. No hacía
demasiado que el autocar había abandonado Olderfjord. Las grandes
rectas habían quedado atrás y ahora zigzagueaba por una
carretera costera cuyo arcén era un milhojas de pizarra negra.
Iba demasiado rápido, dando tumbos, volantazos. Alguien le pidió
al conductor que disminuyera la velocidad, pero faltaban sesenta kilómetros
para el último puerto de la península y aún teníamos
que coger el ferry que nos llevaría hasta la isla de Mageroya,
donde se encuentran Honninsvag y Cabo Norte. Empezaba a oscurecer y,
a medida, que escapábamos de los túneles, el oleaje parecía
más y más crispado.
De pronto, en medio de esa carretera, el autocar giró inesperadamente
hacia la derecha. Seguía uno de esos largos brazos de tierra
que crecen en estas orillas, una especie de muelles naturales en los
que las aguas árticas rebotan hasta agotarse. Al final del camino,
junto a aquel insólito Bagdad Café, dos hombres aguardaban
una caja grande de cartón y el chófer les ayudó
a meterla. El letrero del Repvag prometía pociones calientes,
así que nadie se extrañó de la tardanza del conductor,
pero cuando pasaron más minutos de los que mi paciencia puede
contar, decidí bajar del autobús y alejarme de su ronroneo
mecánico.
Aquel malecón medía varios kilómetros de longitud
y más de cincuenta metros de ancho. Era un finisterre de remolinos
y matas pardas, un campo abierto para enterrar demonios, pero de ningún
modo se acababa allí la vida. El abismo que desde la carretera
parecía el final de un brazo, era en realidad un codo, y a su
izquierda, en un hondón, se ocultaba una aldea de pescadores.
Eran apenas una docena de casas de colores, las suficientes para que
las noches polares parezcan menos oscuras. Muy cerca de ellas estaba
el cementerio. Un grupo de renos apareció súbitamente
entre sus lápidas triangulares. El autocar los dejó atrás,
trotando con la despreocupación de quien no sabe que el mundo,
a veces, quiere acabarse (...).
Llegamos a Honninsvag de noche. El viento silbaba por sus calles pregonando
pescado y el frío rondaba las casas del puerto. Se habían
aliado para acosar los enormes ventanales sin cortinas. Cuando las lámparas
se encendieron, todo se llenó de cuadros de luz en los que se
retrataban cocinas colmadas de electrodomésticos, estanterías
rebosantes de libros y dormitorios que atesoraban calor.
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Kuopio
(...) Se calcula que en Finlandia existen 1,3 millones de saunas para
una población de 5,1 millones de habitantes.
Buena parte de las saunas públicas son mixtas, pero las duchas
suelen estar divididas por sexos. En Raulahti un letrero enorme prohíbe
acceder con bañador al interior de la habitación y otro
obliga a remojarse antes de empezar a sudar como plásticos. Después
de obedecer todos los indicadores a la vista, decidí probar.
En la sala un chico parloteaba en finés con una mujer y dos niñas,
que lo escuchaban entre risitas sin decir ni pío. La verborrea
de aquel saunero parecía densísima, pero en general el
finés suena alegre. Era agradable oír las voces junto
al lago, así, sin entenderlas. No suelen decirse cosas demasiado
inteligentes cuando te despelotas en grupo y chillas como una rata porque
el agua está helada.
El tipo del vapor siguió hablando cuando nos quedamos solos,
así que deduje que se dirigía a mí, pero si las
niñas, que me habían parecido muy espabiladas cuando las
vi en las duchas, se habían hecho las locas, pues yo lo mismo.
Donde fueres, haz lo que vieres...
Aquel "ligón de sauna", la versión finlandesa
de nuestros ligones de playa y chulos piscinas también hizo sus
propias deducciones y llegó a la conclusión de que mi
mutismo se debía a mi procedencia extranjera. Me preguntó
de dónde venía. ¡Qué casualidad, su hermano
estaba pasando unos meses en España!
- Anda, qué bien. Espero que le guste. Voy por agua fría,
que se me desparrama la tensión.
Volví a encontrármelo, en la piscina exterior.
- ¿Eres la española?
- Sí.
- Es que con el bañador no te había reconocido. Ja, ja.
- Ji, ji.
El ligón de sauna hablaba por los dos. Su método no era
del todo estúpido. Había sido guía turístico
durante dos años y aún recordaba muchos datos sobre la
comarca. Durante la gira que improvisó de piscina en piscina
me hizo varias recomendaciones:
1. Que subiera a la torre de Puijo, a tres kilómetros de Kuopio.
Desde allí se divisa una espectacular panorámica de los
lagos. Él mismo se ofrecía a llevarme esa noche.
2. Que tomase una sauna de humo en la cabaña del lago. La del
hotel no sólo es pequeña -me explicó-, sino que
además hace transpirar agua, no el propio sudor. Es lo que pasa
con las saunas de electricidad, se lamentó. Añadió
que la caseta de la smoke se incendió recientemente y por eso
ahora se veía tan nueva. Él estaba en el lugar de los
hechos cuando se produjo el incendio.
- Really?
- Sí, sí. Estaba con unos turistas y me avisaron de que
salía mucho humo. Les tranquilicé. "Es lo normal".
Pero no lo era. -Escapó por no sé qué lío
de puertas-. Suerte que acerté, si no, mi cara aún sería
más fea, ja, ja.
Aquella masa de músculos no era horrenda, pero no se le puede
seguir el juego a un ligón de sauna.
- Me voy adentro.
- ¿Vuelves a la sal de vapor?
- Sí.
- Nos vemos allí. Bueno, no nos vemos, no te preocupes. Ya sabes
que no se ve nada, ja, ja... Si no te importa, me sentaré a tu
lado y te contaré más cosas.
El muy astuto sabía cómo engatusarme. La última
vez que sudamos juntos me habló de la aurora boreal. Me aseguró
que es difícil verlas, aunque son imprevisibles. "Los japoneses
vienen hasta aquí sólo para fotografiarlas. En los hoteles
los recepcionistas corren a despertarlos en cuanto detectan una."
Aporto varios datos científicos sobre este espectro luminiscente
que cambia rápidamente de formas y colores, y puede pasar del
verde pálido al rojo intenso en unos segundos. Las "luces
del Norte", como llaman los habitantes del Círculo Polar
a las auroras boreales, aparecen con mayor frecuencia entre los meses
de noviembre y febrero. Tienen lugar después de que una tormenta
solar acabe desprendiendo partículas estelares que, al ser atraídas
por los campos magnéticos de los polos, atraviesan la atmósfera
y chocan contra sus átomos hasta cargarse de electricidad. Esa
colisión es la que produce los fulgores que alumbran las noches
polares, estimulando la imaginación popular, que desde siempre
les ha atribuido efectos mágicos y paranormales.
Después de aquellos diez surrealistas minutos llenos de anglotecnicismos,
necesitaba una ducha fría como agüita de mayo. Al salir
lo encontré haciendo tiempo junto a la máquina de coca-colas.
Aligeré el paso, había hecho todos aquellos kilómetros
parra ver lapones, no lapas.
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Oslo
Nunca había visto tanta gente enferma en un cuadro. Ni tanta
miseria. Sólo una vez, en una exposición de artistas de
los Países Bajos titulada "Comedores de patatas", descubrí
que pocas imágenes son tan dramáticas como una familia
asediando una mesa vacía, una madera seca sin más aderezos
que sus propias virutas y las mondas de una patata.
En la Nasjionalgalleriet también hay pieles marrones en cocinas
cerradas. Algunas recubren tubérculos; otras, caras hambrientas.
Son los rostros del Norte pobre, el que no podía intuir un futuro
de petróleo y muebles de diseño. Tienen las cuencas de
los ojos hundidas y la mirada transparente, como si fueran escaparates
que unos centímetros más adentro esconden las verdaderas
pestañas.
Durante su etapa anarquista Munch desdibujó esos cristales
azulados y los convirtió en ondas sonoras, en gritos angustiados
que resonaban en el caos del cambio de siglo. Solía decir que
"la enfermedad, la locura y la muerte fueron los tres ángeles
negros que velaron su cuna". Y jamás pudo deshacerse de
ellos.
Sus obras menos expresionistas despiden el mismo dolor que "La
madre muerta y su hija" o los "Obreros camino de su casa".
Hasta su realista "Primavera" emana frustración. En
este cuadro, colgado muy cerca de "El grito", una muchacha
se sujeta las manos y, desde su butaca, sólo se atreve a mirar
el suelo. Cerca de ella, una mujer hace calceta. El sol del frío
atraviesa las cortinas e ilumina sus siluetas demacradas, pero la primavera
se detiene, se reprime, espantada, en las macetas.
Las ventanas de los cuadros de Munch, de Dhal, de todos esos pintores
escandinavos nacidos antes de 1920, no tienen nada que ver con las que
se abren a espléndidos vergeles en las telas italianas. Las ventanas
del Norte son linternas endebles y macilentas. Este pueblo sabe retratar
la ansiedad mucho mejor que la alegría.
Viendo toda aquella desolación, pensé que serían
excelentes ilustraciones para un cuento de Stina Arinson que acababa
de leer un par de días antes. Había copiado una frase
de esta sueca para citarla en uno de esos estériles debates sobre
literatura femenina versus masculina: "La vieja y la niña
todavía dormían. Sus cabezas descansaban una muy cerca
de la otra, como encerradas en la misma célula de sueño.
Tan distintas y, sin embargo, una unidad viva. Un asesino podría
haberles cortado el cuello a las dos del mismo tajo. Se envenenaban
el aliento la una a la otra."
Una inquietud muy similar se asoma a los ojos de Munch en su "Autorretrato
con cigarrillo". Niklas y yo estuvimos estudiando aquella expresión
durante unos minutos, pero tuvimos que rendirnos. No supimos describirla.
En medio de aquella niebla de nicotina, un treintañero Edvard
sufre un silencio de mentira. En realidad está aullando un grito
de socorro más grande que el de sus figuras pelonas (...).
Niklas y yo no nos despedimos. Después de compartir tantas horas,
él se fue a su andén y yo al mío. Ni siquiera nos
dimos un apretón de manos europeo. Cuando reaccionamos, él
ya estaba bajando por sus respectivas escaleras mecánicas. Entonces
gritó:
- Llamarrrrse...
- What?
- Llamarrrse. Teléfono. In Uppsala.
- Sí, sí, te llamaré cuando esté en casa
de María.
El muy perro no me había dicho que sabía algo de español,
aunque no fuese mejor que el de E.T. Intenté recordar las burradas
que me había dicho el ecuatoriano mientras estábamos los
tres juntos (...).
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