Se sabe que lo principal en la vida es tener salud, dinero y amor. Pero
lo que no se sabe mucho es lo difícil que es conquistarlos y mantenerlos.
Mi objetivo es intentar mostrarlo a lo largo de 33 capítulos que
perfilan una galería de amenos personajes que, en la España
actual, luchan arduamente por conseguir sus metas personales, aunque la
vida moderna no se lo pone nada fácil: parejas que pasan más
tiempo en el trabajo que en casa, hipotecas que campan por sus respetos,
campesinos que emigran a las ciudades en busca de paraísos imposibles,
madres cuya vida pierde sentido cuando los hijos se independizan, jubilados
que se aburren soberanamente tras haberse pasado la vida despotricando
contra sus trabajos...
Capítulo 3
Los escrúpulos me suenan a moluscos, a mejillones. Son una palabra
horrorosa. Los escrúpulos dependen de las cantidades de dinero
que se manejen. Si a una persona le debo 5.000 pesetas, no tengo demasiados
escrúpulos para pedirle otras 5.000. Me los trago y se las pido.
Si el préstamo aumenta, entonces sí empiezan a ser indigestos,
lo mismo que los mejillones. Pero nunca me paso. No soy ningún
chorizo, simplemente sucede que no tengo ingresos fijos.
Por esa razón, hace dos años que no voy a visitar a mi
tía favorita. Sé que en cuanto me vea va a preguntar:
"¿Qué, Jorge, ya has encontrado trabajo?"
Es desesperante. Si la situación se prolonga mi padre me va
a largar de casa. De hecho, mi gran preocupación, lo que más
me hace sufrir últimamente, es que mi padre se levante antes
que yo y me vea tumbado. El otro día me descuidé y aporreó
la puerta a las once de la mañana: "¿Y el niño,
aún está en la cama?" Y tampoco es que yo duerma
tanto, lo que pasa es que me quedo pintando hasta las tres. Al final,
sólo duermo ocho horas, lo recomendable para cualquier persona,
pero eso él no lo valora y por las mañanas tengo que huir
hasta que se va a la fábrica, para no coincidir con él
hasta la noche. Y esos ratos en los que finjo buscar trabajo los tengo
que pasar sentado en el parque y de bar en bar, consumiendo el mínimo
para que el remedio no sea peor que la enfermedad... Al menos los bares
son lugares para inspirarse. Para hacer bocetos prefiero los sitios
asépticos, en plan fast-food. Si voy a una cafetería con
mucha personalidad me distraigo con el decorado y no capto las expresiones
de la gente.
Pero no voy de artista. Soy consciente de que a mis treinta años
debería tener un trabajo más o menos estable. Y lo he
intentado, de veras que sí. Durante un tiempo envié currículums
a la FNAC, a academias de arte y a tiendas especializadas, pero no he
tenido resultados. Y, además, no quería renunciar a la
pintura, todavía no. Es muy duro tener una vocación, que
te digan que eres bueno, que te concedan una beca y que, después,
se acabe. Yo viví un par de años en el extranjero con
lo que me dieron para subvencionarme un proyecto. Fue la época
más feliz de mi vida, jamás he vuelto a ligar tanto. Casi
todas mis amantes eran mujeres casadas o separadas con hijos. Maravilloso.
No me pedían responsabilidades. Me visitaban a la hora de la
siesta y luego se iban corriendo a por los niños. Decían
que les parecía entrañable, debe ser que tengo tipo de
oso panda. O tal vez sean mis cuadros, que son muy tiernos.
Pero en cuanto se terminó la beca tuve que volver a casa y ahora
los sábados, cuando voy a salir, mi padre me coge por banda y
me pregunta que a dónde voy, que si pienso volver otra vez a
las tantas. Muy fuerte. Y no quiero ni pensar cuando le toca turno de
mañana y coincidimos en el portal a las seis, yo volviendo de
marcha y él con la bolsa de ir a trabajar.
Mi madre no es tan dura. De vez cuando se acerca y me dice: "Hijo,
esto tuyo con la pintura está muy bien, pero como hobby. Deberías
buscarte un medio de subsistencia más normal y sacar tiempo para
pintar. Pero primero lo importante". No entiende que para mí
lo "importante" es pintar. Y repito que no voy de artista,
aunque reconozco que vivo en dos mundos. Uno, el de los pintores y los
intelectualillos con los que salgo de vez en cuando, gente muy instalada,
tipos con los que tengo muchas afinidades, pero que están a otro
nivel, tienen pasta. Yo soy hijo de trabajador de la Coca-Cola y mi
madre limpia casas.
Nuestro cuarto de la tele es una típica salita de familia obrera
española de toda la vida, que no ha cambiado un sofá desde
que murió Franco. Así que mis padres no entienden esta
fijación mía con el arte. Además yo hago "abstracto".
Para ellos es "abstracto". Si al menos fuese figurativo podrían
adornar las paredes, pero con mis "experimentos" no hay quien
decore un comedor decente (...).
Capítulo 15
La chica de la agencia se ofreció a llevarnos a casa. En el
coche venía en plan jocoso, iba haciendo bromita. Al pasar por
delante de un edificio dijo: "Ése es mi colegio. Ojalá
se quemara hasta los cimientos." Primero me dio por reír,
porque conozco la sensación. Todo el mundo lo ha pensado alguna
vez, pero después caí en la cuenta de que mi colegio,
la calle de mi colegio, mis profesores, todo eso, quedó borrado
de un plumazo. Ya no existe más que bajo un lodazal.
Hasta que cayeron las lluvias en Venezuela yo me sentía desarraigado,
pero era soportable. En el fondo siempre me he sentido así. En
casa somos emigrantes de casta. Primero fueron mis padres los que se
marcharon a Caracas y después nos ha tocado hacer el camino inverso
a toda la familia. Ahora mi país está muy mal. Sólo
se vislumbra inestabilidad política, económica y social,
y mucha violencia.
En Venezuela todo el mundo tiene un primo en un cuartel y siempre hay
alguno que llama y dice que el ejército anda revuelto, y entonces
empezamos a comprar comida, latas, leche en polvo, agua para prepararnos
para lo que pueda venir. Nunca sabes qué exactamente. Luego la
histeria pasa y comienza una nueva etapa de calma, pero no dura demasiado.
Allí no tenía esperanza de nada. No me gustaba tener
que llevar pistola en el coche para defenderme, porque los asaltos son
de lo más común y atravesar según qué plazas
es lo más parecido a un suicidio. Aún recuerdo mi extrañeza
los primeros días en Madrid. No podía creerme que se pudiera
pasear por una ciudad tan grande de día y de noche, sin miedo
a que te encañonen en cualquier esquina. O ver a un policía
y no empezar a temblar, porque en mi país las fuerzas de "seguridad"
son más peligrosas que los delincuentes.
Fue fantástico. Además, yo ya había vivido aquí
de pequeño, de los tres a los ocho años, y mis primeros
recuerdos de infancia son los croissants que comíamos mi madre
y yo en una cafetería de Gijón, paseando por la playa.
Después, cuando ya empezó a irle bien a mi papá,
volvimos a Venezuela a reunirnos con él y allí fue donde
nació mi hermano Jorge.
Yo siempre he sido menos tropical que Jorge. Los chiquillos son muy
crueles y cuando empecé a ir al colegio en Venezuela, se metían
conmigo por ese motivo. Yo no era como ellos, era un niño de
Europa que siempre estaba mirando al Viejo Continente. En el Trópico
añoraba el cambio de las estaciones. El frío no es mi
estado ideal, pero disfruto viendo cómo caen las hojas de los
árboles, cómo las flores se mueren y vuelven a nacer.
Como en esa escena de Notting Hill, cuando Hugh Grant pasea por el mercado
y en su caminar la poca naturaleza que hay en Londres varía y
así el director te muestra que ha pasado meses sin Julia Roberts.
Y, pese a todo, Venezuela era mi referente. Buena parte de infancia
y sobre todo mi adolescencia, el lugar dond estudié, donde me
convertí en la persona que soy. Ahora tengo una novia madrileña
y me hubiera gustado ir con ella a pasar unas vacaciones en Venezuela
y poder enseñarle donde me crié, pero ese barrio ya no
existe. Yo le habría dicho: "Por esta calle iba en bicicleta,
aquí me caí. Nací en ese hospital." De ese
modo, a través de mis recuerdos y mi modo de narrarlos, me conocería
mejor a mí, pero ya es imposible.
Además, por no quedar, no me quedó ni patria. El presidente
Chaves le cambió el el nombre y ya no existe la República
de Venezuela. Ahora se llama República Bolivariana de Venezuela.
Hay nuevos pasaportes, nuevos documentos... Después de las inundaciones,
mis compatriotas ironizaron sobre tanta tragedia junta e inventaron
un nuevo nombre: República Bolivariana de Waterworld.
Mis padres sobrevivieron, pero lo perdieron absolutamente todo. Lo
más importante, la casa, incluido lo que había dentro,
que es lo que más me duele: Allí se quedaron los cuentos
del "Topoyiyo", los discos de U2, los libros de mi hermano,
el vestido de boda de mi madre, su cubertería... A ella le encantaba,
tenía cubiertos para dar de comer a la realeza de toda Europa.
Cuando caí en ese detalle, se me encogió el corazón.
Puede parecer una tontería, pero yo sé lo que significaban
para mi madre. Tampoco tenemos ni una sola foto de cuando éramos
pequeños, ni de la graduación de Jorge. Nos hemos quedado
sin buena parte de nuestro pasado.
En esos detalles hemos ido pensando después, poco a poco. Al
principio, cuando empezaron las noticias sobre las inundaciones, ni
siquiera podíamos razonar. Mi hermano, mi abuela y yo estábamos
aquí y mis padres, en Venezuela. No había manera de contactar
con ellos, ni imágenes de lo que estaba sucediendo. Sólo
sabíamos que una de las zonas más afectadas era la nuestra.
Después, cuando llegaron los videos, vimos nuestro barrio, totalmente
anegado y temimos lo peor. Jorge y yo ocultábamos toda la información
a mi abuela, pero la verdad es que cuando estábamos solos tampoco
nos atrevíamos a abrir la boca. Teníamos demasiado miedo.
Luego ya lo supimos todo. Pasaron tres días subidos en el tejado.
Mi padre está acostumbrado a trepar para coger cocos, se conserva
en buena forma, pero mi madre, a sus sesenta años, lo pasó
fatal. Desde allí, vieron cómo el agua se llevaba de golpe
a diez personas que se habían subido a una escalera para ver
la riada. Mi padre pudo salvar a un niñito de seis meses, lo
agarró al vuelo cuando iba por el torrente abajo.
Después me contaron que el olor a muerto no les dejaba comer.
Ni los gritos, ni los disparos de los asaltadores. Porque casa que quedaba
vacía, casa que era arrasada inmediatamente por los saqueadores.
Y las fuerzas de seguridad no lo impidieron (...).
Después de la tragedia, a los pocos días, mis padres
se vinieron para Madrid. Allí no les quedaba nada. Mi papá
llegó muy mal, obsesionado. Cuando le ves la cara a la muerte
todo cambia. Sufría con cualquier variación meteorológica,
todo el tiempo se dedicaba a mirar los noticiarios. Con las nevadas
de este último invierno lo pasó fatal (...). No dejaba
de comentar que se nos está yendo la mano con la polución,
con el ozono. Y tiene razón, al final tendremos palmeras en los
Polos y nevará en Venezuela.
A ese temor se le unió el dolor por la gente que se quedó.
También al resto de la familia. Y, lo que es más fuerte,
nos acordábamos hasta de gente que no conocemos. Gente que no
habíamos visto en nuestra vida, y que de repente estaba en el
techo de nuestra casa intentado salvarse, pero no lo consiguieron.
No te sientes culpable por haber sobrevivido, porque tampoco eres tan
idiota, pero sí tomas conciencia de tu suerte. Te das cuenta
de que el destino existe, que en esta vida se toman decisiones que pueden
parecer pequeñas y que luego adquieren su importancia. No sé
qué hubiera pasado si, a los 25 años, yo no hubiera decidio
aventurarme a venir para acá y traerme a mi hermano y a mi abuela.
Ahora tenemos algunas cosas aquí, un piso donde vivimos, un trabajo,
algo a lo que aferrarnos para volver a comenzar (...).
La gente aquí, en Madrid, no nota lo que llevamos por dentro.
Durante los primeros días nos veían tan enteros que nuestros
conocidos en el barrio nos preguntaban si realmente éramos de
Venezuela. Mientras la noticia estuvo a diario en la tele, estuvieron
afectados, de corazón. Ahora ya están insensibilizados.
Y es normal, entre el Mitch y la serie de catástrofes que ha
habido últimamente... Están cansados de la ayuda humanitaria,
de las cuentas corrientes. Cuando te pones en el lugar de cualquier
español medio lo entiendes, sobre todo porque nadie puede imaginar
que algo así pueda suceder en su propia casa.